La tragedia de Ventanilla

La tragedia de Ventanilla

El derrame de petróleo en la zona de boyas de descarga, al frente de la refinería La Pampilla, tiene un clarísimo responsable: Repsol, propietario de las instalaciones que comprenden tanto las boyas como los ductos submarinos, desde donde descargan las naves tanqueras el crudo de petróleo que traen para ser refinado en Lima.

Es falso aquello del acto fortuito que alegó en un comienzo Repsol, para responsabilizar a una marejada -ocurrida a consecuencia de la erupción de un volcán en la Isla Tonga- del enorme daño ecológico producido en nuestra costa, que afecta no solamente al mar, a las especies y plantas marinas y las aves de nuestro litoral sino, por último y no menos importante, a todos los pescadores artesanales que se ganan la vida faenando dentro de las cinco millas de la costa.

Porque, amable lector, sucede que existe un testigo que a la hora que Repsol señala ocurrió este derrame “por una fuerte marejada que se sintió en la zona alrededor del área mientras la nave descargaba (entre 3 y 5pm)”, él navegaba en una embarcación a vela a muy poca distancia del buque Mare Doricum –que realizaba la descarga- y oyó un estruendo, seguido de otro, dos minutos después, característico de alguna ruptura metálica. Es más, este testigo declara que vio a su alrededor y nada le hacía presagiar algo extraño. “El mar estaba plano, no había oleaje, no había viento, ninguna condición particular.”

Sin lugar a dudas el caso ha generado indignación, tanto por el engaño como debido a la extensión del daño ecológico, físico y económico que ha producido, y que abarca de Ventanilla a Chancay (hasta ahora).

Y todo eso, además, ante la pasividad de Repsol que en ningún momento ha mostrado tener la mínima intención para contener el grave perjuicio que le ha generado a tanta gente y al Estado. No se ha notado presencia de cuadrillas especializadas en contener la llegada a la orilla del hidrocarburo derramado; ni otras dedicadas a limpiar las costas afectadas.

Tampoco ha habido maquinara para absorber el petróleo flotando sobre el agua, ni algún otro mecanismo obligatorio para operar en la mundialmente sofisticada y muy regulada actividad refinadora petrolera.

Durante estos últimos años Repsol se ha beneficiado de la ineficiencia y corrupción de Petroperú. Ambos sobrecostos los cubre Petroperú trasladándoselos al usuario vía el precio de sus productos. De ello se aprovecha Repsol, equiparando permanentemente sus tarifas de venta al público a las de Petroperú, situándolas tan sólo a poquísimos centavos por abajo.

¿Resultado? ¡Los peruanos consumimos los combustibles de peor calidad y entre los más caros del planeta! Asimismo, el país tiene que soportar riesgos ecológicos como el que acaba de sufrir y por el cual Repsol debe responder. Aunque eventualmente consiga hacerse la víctima, politizando el asunto para acabar cobrando algún seguro por confiscación, dado que el comunismo constantemente saliva por “nacionalizar” instalaciones petroleras privadas. ¡Y en esta oportunidad, Repsol le ha pintado de dorado la situación al hombrecito del sombrero! ¡Las consecuencias serían, eso así, doblemente trágicas!

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