El estado de la Sanidad peruana refleja el desdén por el ciudadano de sus dirigentes políticos. Sin titubear lo abandonaron a su suerte dándole preferencias presupuestales a faraónicas obras de infraestructura. Gran parte de ellas, innecesarias. Pero sobre todo criminalmente sobrevaluadas. Así malversaron gran parte de los recursos que logramos producir, tras superar -desde la década de los noventa- el crac económico propiciado por los gobernantes socialistas y neosocialistas que gestionaron este país entre los años sesenta y ochenta. Hablamos de Toledo, Humala, Kuczynski y Vizcarra, quienes privilegiaron el despilfarro y la corrupción, en lugar de atender la Salud del poblador. Al menos García construyó hospitales -como el del Niño, modelo en toda Latinoamérica- y dinamizó la economía, haciendo que el país alcance cotas promedio de crecimiento anual superiores al 7%, con lo cual redujo la pobreza en más de la mitad. Hoy, amable lector, el Covid-19 ha retratado ese crimen social perpetrado por tres ex mandatarios -y el aún presidente postizo- con la consecuente muerte, hasta el momento, de 80,000 peruanos, y el serio quebranto en la salud de alrededor de 500 mil ciudadanos. Por más que los guarismos oficiales reflejen la mitad, apelando a esa política mendaz instituida por Vizcarra. Asimismo, estos cuatro Jinetes del Apocalipsis insistieron en el derroche económico prescindiendo de competencias como Seguridad Ciudadana, otra fuente de malestar social y elevada mortalidad.

Para que Perú repita ese milagroso desarrollo con exponencial crecimiento económico impulsado por Fujimori a inicios de los noventa –con terca oposición de Vargas Llosa-; continuado por el cleptómano Toledo –apadrinado atronadoramente por Vargas Llosa- que desvió miles de millones de soles a la corrupción y la frivolidad-; enervado por otro ladrón apellidado Humala –aplaudido por Vargas Llosa- procesado por corrupción y culpable de destruir la sólida economía nacional; heredado, a su vez, por Kuczynski, preso por corrupción –también patrocinado por Vargas Llosa-; y sucedido por Vizcarra –un paracaidista, aunque también inepto y tramposo, coincidentemente aplaudido por Vargas Llosa-, pues será necesario que transcurra no menos de medio siglo antes que finalice esta moda de politicastros populistas, improvisados, figurettis y corrompidos, formados en pleno jolgorio de la podredumbre. Gente que brega por seguir medrando, con el padrinazgo de personas como Vargas Llosa y el apoyo de esa claudicante clase empresarial, académica y profesional, tan apegada al poder por un platillo de lentejas.

Apostilla. Por más que el clan mediático que subvenciona Vizcarra –con dinero de los contribuyentes- esconda la verdadera situación económica y financiera del país, es un hecho que avanzamos con la proa puesta a una crisis de proporciones cataclísmicas. Hemos perdido más de la mitad del PBI del año pasado; el desempleo es atosigante; la escasez empieza a sentirse en todos los ámbitos; el dólar sube, etc. Y por si fuera insuficiente, la clasificadora de riesgos Moody’s ha puesto en cuarentena a los bancos peruanos, preocupada por una probable mega contingencia fruto de la incapacidad de pago –para atender sus obligaciones financieras- de un vasto sector de la población. Retumba a esos estruendosos finales de los ochenta.