Confieso que disfruto mucho de leer el primer libro publicado por un joven autor o escritora. Todo inicio, por supuesto, puede ser espléndido, fresco, honesto, ingenuo o tantas otras cosas; pero para mí, más allá del logro o el intento, es la semilla del estilo, de su obsesión, sus primeros jabs o uppercuts, que encenderán mi interés por sus próximas publicaciones. Compararlas y reconocer la evolución de su teoría literaria, sus renuncias o su continua apuesta es fascinante. Evidentemente, no siempre se puede. Y me apena cuando eso sucede, como me ha pasado con El abismo del hombre (Buenos Aires Poetry, 2020), el segundo poemario de Elí Urbina.

Cuando algún escritor o escritora juega con la palabra abismo pienso en Nietzsche y, luego, siento un leve escalofrío. El abismo es una tentación. Es ver el vacío y sentir una voz que llama, que seduce mientras promete la destrucción y, claro, ese abismo es la propia naturaleza humana que, al primer descuido de la ética, nos lleva a la monstruosidad.

Creo que sería demasiado decir que Urbina trabaja la monstruosidad, pero no sería excesivo señalar que encontramos desesperación, la soledad rodeada por la ciudad y de sordidez, del dolor que oculta culpa, y una clara inclinación hacia la destrucción. Es interesante que este poemario empiece con un “preludio”. En este, la voz poética evoca un pasado luminoso, de amor y optimismo. Una especie de romanticismo ingenuo que se podría reconocer en un idealismo juvenil; pero que al terminar, oscurece el alma e impulsa al poeta a bares burdelescos y observar que En penumbra la prostituta baila / con la sinuosidad de una ancha llamarada.

Las demás secciones, que pueden ser un solo poema o varios, son el viaje, cada vez más oscuro, en el que se confronta constantemente su soledad, la pena que produce el recuerdo, la inutilidad de lo urbano, incluso la desazón de la entrega amatoria, quizá mecánica o sin amor; y sin amor, pareciera decir Urbina, solo queda el abismo.