Los aportes de Manuel Ulloa Elías (1922-1992) al pensamiento económico peruano son poco conocidos y menos reconocidos por una academia capturada por el progre-marxismo. Junto a Pedro Beltrán y Jorge Bravo Bresani, repensó nuestro país desde la óptica liberal. Advirtió los peligros de “un crecimiento deforme, injusto y disparejo que no ayuda a integrar al Perú, a articularlo ni a dar una respuesta cultural y política a los problemas”. Hoy, a 28 años de su partida, vale destacar su saber.

Ulloa formó parte de los dos gobiernos del arquitecto Fernando Belaunde Terry. En 1980 asumió la presidencia del consejo de ministros y el ministerio de Economía en un contexto de crisis internacional y saliendo de una dictadura socialista militar cuyo desarrollismo consistió en crear un Estado empresario y expropiar y estatizar todo; de hecho, este diario y su par Extra le fueron confiscados a don Manuel. Decidido, culto y altamente calificado apostó por reconstruir la economía post “robolución”, modernizandola, pero fuerzas retrógradas de su propio partido Acción Popular, del Apra y obviamente la izquierda toda, frenaron la implementación de su proyecto. No faltaron las tensiones sociales y los crímenes de Sendero Luminoso empezaron a ser pan cotidiano. Renunció en 1982. En una conferencia en la Universidad del Pacífico sostuvo, en 1984, que nuestro país estaba desarticulado, como si estuviera mirando a este 2020 añadió: “me atrevería a decir que estamos en un proceso de desintegración. No hay voluntad política ni conciencia colectiva para corregir los males fundamentales […] vamos a seguir siendo una sociedad sin perfil propio ni identidad”.

Aquí algo de sus preocupaciones y propuestas con la esperanza de que su inverosímil sucesora, María Antonieta Alva Luperdi, las internalice, por vigentes: “En agricultura tenemos el problema de la lucha entre el campo y la ciudad, en donde parecería que vence la ciudad […] los movimientos migratorios se mantienen y seguimos vaciando nuestra serranía hacia la costa o la selva”. Lamentaba la falta de un proyecto industrial no centrado en Lima y veía conveniente trasladar la capital a alguna ciudad de la Sierra. “Tenemos un problema existencial -dijo- el Perú está perdiendo su identidad y su perfil que se buscan ahora en aglomeraciones urbanas. Estos son desequilibrios que crean centros urbanos que no tienen razón de ser. Si las tendencias migratorias continúan será difícil que el Perú encuentre un camino propio y una identidad auténtica. Si no nos integramos como peruanos nunca tendremos una voz importante para influenciar en el conjunto latinoamericano ni como latinoamericanos, en el mundo. Nuestra independencia está en eso”.