Al confirmar una reunión que ambos sostuvieron recientemente, César Acuña candidato presidencial de Alianza Para el Progreso (APP) señaló tener “muy buena amistad” con Hernando de Soto, su rival electoral de Avanza País. Añadió que no creía malo que los candidatos dialoguen. “Hoy más que nunca hay que conversar y evitar enfrentamientos entre candidatos”, subrayó.

Acuña se colocó así en la misma línea que de Soto cuando se le pidió, hace algunos meses, una opinión sobre el favorito en las encuestas, George Forsyth de Victoria Nacional: “Es muy político, muy carismático. A mí me ha gustado; me cae bien”, dijo. Incluso puso en duda que llegue a superarlo en un debate sobre planes de gobierno.

Y hace pocos días también, Fernando Cilloniz, candidato en veremos de Todos por el Perú, sorprendió a su entrevistadora Juliana Oxenford asegurando que había aspirantes presidenciales “más calificados que yo” y mencionó explícitamente a de Soto. Por último a raíz de la revelación de su contagio del COVID-19, Julio Guzmán del Partido Morado ha recibido, casi unánimemente, los mejores y más sentidos deseos de recuperación por parte de varios adversarios.

Todos estos detalles cobran mucho significado en el Perú de hoy, ad portas de los comicios para renovar la presidencia y el Congreso Nacional. Finalizamos el mes de enero con menos chavetas en ristre que en las últimos tres procesos electorales, signados quizás por el agotamiento que deriva de cuatro años y medio de encono político, cuyas consecuencias han sido cuatro presidentes y dos parlamentos, incertidumbre institucional y económica, descrédito ciudadano respecto a los entes públicos. Y encima el coronavirus como trágica cereza de una torta vomitiva y espeluznante.

Algo parece corregirse en el retrato de las elecciones de 1990, cuando – sin entender la implicancia emocional para un pueblo castigado por la violencia terrorista, así como por la hiperinflación y el descalabro del primer gobierno de Alan García – los candidatos de entonces sacaban a relucir sus armas letales en materia de insultos y agravios, incluyendo el favorito Mario Vargas Llosa quien pisaba las provocadoras cáscaras de plátano oficialistas (desde su célebre expresión “canallas, cacasenos y bribones” refiriéndose a los ministros de García, se fue marcando su lento descenso en las encuestas. No por solidaridad con dichos ministros, obviamente, sino por la intemperancia absurda del que se esperaba verlo en un Olimpo convocante, sumatorio y constructivo frente a tanta desgracia). Alberto Fujimori pasó a la segunda vuelta sin confrontar a nadie y nadie lo vio ascender en silencio hacia el afecto popular.
Sería pedirle peras al olmo imaginar un espacio a las buenas maneras en la campaña 2021. Pero ya se exhiben algunas y eso debemos celebrarlo.