Desde el principio del estado de emergencia en nuestro país por causa de la actual pandemia, hemos visto las dos caras de Jano. Una de estas es la de la indiferencia -culposa y hasta dolosa-, que alcanza a quienes en diversos niveles han ejercido el poder para decidir, controlar y sancionar, pero no les ha importado los resultados -sea por desidia, actuación sesgada o incontrolable temor-. La otra es la de la solidaridad heroica, que ha impulsado a generar redes de información sobre la ubicación de plantas de oxígeno, ollas comunes, auxilio médico solidario, compartir los medicamentos o implementos adquiridos para el pariente que ya no está, entre otros.

Nuestro cercano bicentenario como República nos muestra la dolorosa realidad de un país dividido por las innumerables posiciones que representan los intereses de grupos políticos y económicos. Y en este aire irrespirable, en este ambiente confuso, temerariamente los responsables de esa división quieren dirigir y gobernar. Sus candidatos se han atomizado en las preferencias porque ninguno ha logrado establecer diferencias significativas en sus propuestas. Y es que se ha evidenciado que algunos de estos no miran más allá de su entorno. Una muestra fue la infeliz decisión de beneficiarse con el acceso a las vacunas antes que cualquier otro ciudadano que no tenía las condiciones para hacerlo. Incluso, para los que se encontraban en una situación de grave e inminente riesgo.

Es duro escribirlo, pero la esperanza no se encuentra en ellos. Dejan la sensación que todos sus esfuerzos se concentran únicamente en acceder, mantenerse o ascender en la escalera del poder. Más bien, la esperanza del bicentenario está en los millones de peruanos que de manera indesmayable trabajamos y sumamos esfuerzos para superar los problemas que se nos presentan y generamos soluciones. Sin embargo, para que esta esperanza sea sostenida no tenemos margen de error en las elecciones de abril. Nuestro voto no puede basarse solo en simpatías, discursos persuasivos o ideologías de moda rastreadas mediante GPS. Creemos que nuestra confianza debe sustentarse en una sólida plataforma de gestión entre los candidatos: trayectorias, logros personales y profesionales, gestiones efectuadas, estudios y especializaciones, pero también quiénes son los técnicos que los acompañan. No podemos dejar el futuro de nuestro país en manos de aventureros que no tienen las competencias para administrar y tomar decisiones.

En medio de estos densos nubarrones, puede asomar un rayo de luz con nuestra elección. Estos momentos aciagos que vivimos pueden significar el punto de quiebre para detenernos y retroceder o construir y avanzar. No obstante, no bastan nuestros esfuerzos como ciudadanos. Necesitamos gobernantes capaces y con conciencia, que aprecien la solidaridad y generosidad de un pueblo que próximo a cumplir doscientos años de vida ha elegido muy mal en algunas ocasiones, pero en otras ha sido traicionado.

Solo así jubilaremos a Jano y, con ello, desaparecerán las dos caras opuestas de nuestra realidad.