Todavía no se conocen los resultados finales del actual proceso electoral en el Perú, pero ya es tiempo de comenzar a preocuparnos del elemento más importante que debe acompañar a la institucionalización del sistema democrático en cualquier país. Esto es, la cultura política del pueblo, el cual expresa su voluntad electoral a través del voto.
La democracia, no sólo como forma de gobierno sino también como forma de vida política, funciona más y mejor cuando la población está suficientemente informada y, especialmente, tiene una educación cívica y ciudadana que le permita, con base en su conciencia social, tomar decisiones políticas suficientemente responsables, inspiradas no únicamente en el interés personal, sino también en el bienestar general.
Los procesos electorales, para ser positivos, no deben de ser sólo el resultado de la decisión hepática del elector; pues, si así lo fuera, tendríamos resultados inesperados y, lo que es peor, gobernantes que acceden al poder aplicando el populismo para obtenerlo.
Situación ésta que la expresa mejor el filósofo francés Joseph de Maistre (1753-1821), cuando señala que “cada pueblo o nación tiene el gobernante que merece”; la misma que se completa con lo manifestado por André Malraux (1901-1976), ensayista y político francés, al decir: no es que “los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”.
Nos guste o no, esa es nuestra realidad. En consecuencia, la pregunta que debemos de hacernos es: ¿cómo la cambiamos? La respuesta es una sola. Más educación ciudadana, que nos permita desarrollar la cultura política de la población peruana y, con ello, asegurarnos un futuro, espero no muy lejano, en el que ciudadano al ir a votar, lo haga con criterio y responsabilidad.
Como lo hemos comprobado en este último proceso electoral, las últimas reformas del sistema político y electoral, propuestas por la llamada Comisión de Alto Nivel, como era de esperarse, resultaron inaplicables y nada eficaces. Pues, los integrantes de dicha comisión se quedaron en la teoría y no aterrizaron en nuestra realidad.
La prueba está en que ninguna de las propuestas, una vez más, se refirieron al tema educativo que contribuya con el desarrollo de la cultura política de la ciudadanía. Las reformas aprobadas, por desgracia, solamente servían para satisfacer a las tribunas; es decir, más populismo para contaminar y desorientar la conducta política del elector.
Razón por la cual, desde hoy, y no esperar mañana, se debe comenzar a planificar una política educativa que comprenda, dentro de su contenido temático, conocimientos relacionados con la estructura del Estado, los mecanismos de su funcionamiento y las responsabilidades de sus autoridades en todos sus niveles, así como también sobre los diversos sistemas de consulta popular, además del sufragio, como instrumento de manifestación política ciudadana.
Entiéndase bien; la única forma de lograr que nuestra población no sea inducida, mangoneada y que su desorientación la conduzca al despeñadero, del que pueda ser luego muy difícil de salir o recuperarse, es impostergable atender con prontitud y eficacia la educación política del ciudadano peruano.
Corresponde a los colegios, universidades públicas y privadas, en todos los niveles, así como en los centros de formación militar y policial, que funcionan a lo largo de nuestro extenso y accidentado territorio nacional, implementar dentro de su currículo de estudios, las materias orientadas a formar futuros buenos ciudadanos.
Si así actuamos, le damos la razón al político argentino Domingo Faustino Sarmiento, quien nos recuerda que “si el pueblo es el soberano, hay que educar al soberano”.

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