Fue a inicios de marzo, cuando se anunció la llegada del Covid-19 en el Perú, con un piloto de avión que regresaba de vacaciones de Europa, empezando así la cadena trágica de infectados que ha enlutado a las familias de cerca de 40 mil peruanos –según cifras del MINSA– fallecidos como consecuencia de la enfermedad y falta de atención adecuada.

El gobierno, inmediatamente, decretó una larga cuarentena que nos mantuvo encerrados a todos en las casas, viviendo una experiencia, por la cual, sólo nos comunicábamos personalmente con el núcleo familiar y, gracias a la Internet, con los amigos y colegas de trabajo. En este entorno, se produjeron cambios profundos en nuestra vida que jamás imaginamos, sacando de nosotros lo mejor; pero también, conductas sociales negativas.

El mundo se paró el año 2020 que acaba de terminar, sorprendiéndonos con una pandemia, más propia de tiempos bíblicos que de los actuales; justo cuando creíamos que toda dificultad se resolvía con el avance de la ciencia y de la tecnología. Así aprendimos que aún, con todo el progreso del que nos vanagloriamos, la humanidad es vulnerable en extremo.

Un coronavirus nacido a fines de 2019 en Wuhan, una desconocida región de China –del que tuvimos recién noticia alrededor del 20 de enero, gracias al médico Li Wenliang quien alertó a sus colegas de su existencia y de su capacidad de contagio– podía ser capaz de infectar y causar la muerte a millones de personas alrededor del mundo, sin que, prácticamente nada lo pudiera impedir.

Aprendimos que, a pesar de las prisas que siempre nos habían caracterizado y de los horarios eternos entregados al trabajo, podíamos parar y quedarnos encerrados hasta nuevo aviso, aún a costa de la caída de la economía; porque sin salud y sin vida, todo lo demás se evapora, alrededor nuestro, y deja de existir. Asunto que el día anterior lo habríamos considerado imposible y una auténtica locura.

Fueron momentos en que comprendimos los refranes de la abuela: “Hay que guardar pan para mayo”, porque es necesario seguir comiendo y atendiendo nuestra salud y la de la familia, aunque el mundo pare. Entonces, el gobierno empezó a repartir bonos y se armó el pandemonio; se disparó el COVID-19, como consecuencia de las colas en los bancos y, no por mala voluntad seguramente, sino porque no tenían data actualizada, a muchos necesitados no les llegaba ayuda. También, los alcaldes entregaban canastas de auxilio, pero las ayudas en alimentos llegaban en malas condiciones.

Entre el gobierno y el congreso, autorizaron a los afiliados a los fondos privados de pensiones, a retirar determinados montos y así lo hicieron en una gran mayoría; medida controvertida, porque deja sin techo a los futuros jubilados, cuando de verdad les llueva. Ojalá se hayan utilizado bien, en creativos negocios, para que esto no suceda.

La gran lección es que debemos acertar en las urnas, porque cuando más necesitábamos haber elegido un gobierno que nos ayude a pasar con eficiencia esta crisis sanitaria, en Palacio solo tuvimos un showman del medio día que nos anunciaba: más hospitales, más camas, más oxígeno, mesetas y vacunas; mientras perdíamos cada vez más vidas.

Profesora CEDNTRUM – Ex Congresista