Las emociones son sentimientos gratificantes y no gratificantes en la vida de las personas, que motivan a seguir adelante en las acciones de la vida y otras paralizan al ser humano consigo mismo y las relaciones humanas.

Las heridas emocionales siempre han existido desde que el humano apareció en la Tierra, no se olvidan pero se aprenden a manejarlas, canalizarlas y que no perturben la mente para no dejar de ser objetivo y no superponer o trasladar las inadecuadas experiencias a las soluciones de la vida, porque esta actitud significaría falta de honestidad consigo mismo y en lugar de hacer el bien haces el mal.

He percibido a través del desarrollo de la vida personas que sus experiencias han sido significantes y permanentes en su mundo interior y que no han resuelto nada y se han escondido en el intelecto, posición económica, en el poder y relaciones sociales, que otorgan aparentemente un estatus y que al menor golpe emocional se desestabiliza la persona y pierde objetividad para dar solución a intereses en conflicto.

He conocido autoridades como tutores y policías que han trabajado con niños y adolescentes institucionalizados, han sido severos, impulsivos, sádicos a la hora de corregirlos, en lugar de escucharlos directamente, su actitud se orientaba al maltrato físico y psicológico en lugar de moldear el comportamiento de esos menores. No obstante se supone que estás autoridades están capacitadas y entrenadas para cumplir su rol. La pregunta es ¿por qué actúan de esa manera? La respuesta es sencilla, son seres humanos que no fueron deseados, algunos no conocen quiénes son sus padres biológicos, han recibido maltrato físico y psicológico y para subsistir ingresan a estas instituciones para que mediante el poder que les otorga el Estado, esconden sus carencias irresueltas, aflorando sus frustraciones cuando aparecen sus fantasmas que no han podido resolver a lo largo de la vida y son confrontadas y no han trabajado sus problemas psicológicos y creen que su manera de actuar es disciplina y no quieren reconocer que los problemas son ellos mismos.

Algunos niños y adolescentes que tuvieron la oportunidad de ingresar a un programa de psicoterapia, expresan los abusos que cometieron las autoridades, como hacerlos correr en el patio cincuenta vueltas en la madrugada y en cada vuelta le aplican un palazo para que corrieran más rápido. A otros, en las noches las autoridades ingresaban a los dormitorios y el menor que tenía mal olor en los pies lo golpeaba con un palo en los dedos de los pies. En otros casos, le daban tiempo de cinco minutos para tomar sus alimentos y ducharse, que era imposible satisfacer por parte de los menores sus necesidades primarias con el constante castigo psicofísico.

De esta manera ningún menor se logra rehabilitar, todo lo contrario se vuelve una bomba de tiempo para fugarse, regresar a las calles y ser un futuro trasgresor de la ley por no haber encontrado motivaciones que hagan cambiar de actitud de vida. Soy testigo presencial que estas heridas emocionales logran modificarse, sabiéndolos escuchar, aconsejándolos, dándole afecto y que tomen conciencia de sus experiencias para que no se vuelvan a repetir.

El siguiente caso se trata de un joven mayor de edad que había estado institucionalizado, logrando estudiar y trabajar dentro del marco de la ley. Un día, ingreso a la casa de juegos con la finalidad de cambiar un dinero para su pasaje, el cajero le entrega una moneda falsa y llama al policía para contarle lo sucedido sin ser verdad, la autoridad en lugar de escucharlo le pega, éste joven indignado reaccionó golpeando a la autoridad por su abuso, fue sometido a un proceso penal por desobediencia a la autoridad y fue absuelto porque actúo en legítima defensa y el cajero y policía fueron procesados por estafa y abuso de autoridad. Este joven manejaba sus heridas emocionales pero actuó como cualquier ser humano defendiendo su dignidad.

“La mente es un cristal que hay que cuidarla”.