Cuando a las personas se les otorga las facultades de poder para adoptar decisiones en los diferentes ámbitos de la sociedad organizada, sin que reúnan las condiciones psicológicas e intelectuales requeridas para ostentar dicho poder.

Entonces el poder las ciega, las vuelve omnipotentes, autoritarias, inflexibles, las incapacita para apreciar la ubicación del lugar en que está la otra persona, la rigidez en su razonamiento no les permite analizar.

A consecuencia de estas actitudes, no visualizan los riesgos, entran en trompo y originan circunstancias irreparables por un comportamiento inapropiado, equivocado y una decisión injusta.

La soberbia del poder obnubila la mente de estas personas, pero su capacidad es de tal pequeñez que no superan la envergadura del cargo y del poder conferido. Al no poseer sentido común son desacertadas y muy dañinas.

Para estas personas, lo ético y el respeto por el Estado de derecho así como la ley o lo constitucional carecen de significado e importancia.

Prevalece la prepotencia y el autoritarismo para mantenerse en el lugar donde se encuentran y satisfacer ambiciones retorcidas como totalitarias.

Perú, como Estado-Nación, anida a este tipo de personas, a entera complacencia de la ciudadanía así como de la sociedad organizada.

Al presidente ‘por accidente’ (no elegido en sufragio directo) el poder lo ha encumbrado de tal forma que no le incomoda una estela de denuncias por corrupción que arrastra y se muestra como el abanderado de la anticorrupción. No le interesa el crecimiento y desarrollo económico, no le preocupa la inseguridad interna ni el terrorismo que amenaza a la sociedad, no le importa la deficiente salud y educación pública en el país, menosprecia la Reconstrucción del Norte, le resbala el endeudamiento público.

El gabinete ministerial hace gala de tal incompetencia e ineptitud puesta de manifiesto en cada coyuntura hecha pública. Qué decir de jueces y fiscales que se han politizado y mediatizado por encima de sus funciones y atribuciones. Un sector de la prensa que denigra falsamente, en defensa de quienes las financian, sirviendo a los fines de la corrupción más destructivos que vienen afectando a todos los peruanos.

Luis J. Fernández Núñez