Las potencias quieren ser superpotencias

Las potencias quieren ser superpotencias

En una reciente columna refería las razones que explican por qué la sociedad internacional no vive lo que la ciencia de las relaciones internacionales denomina mundo bipolar, es decir, la existencia de dos Estados hegemones dedicados todo el tiempo a la rivalidad permanente por la tenencia y el dominio del poder mundial y generalmente sin que haya manifestaciones bélicas –pasó con la Guerra Fría–, es decir, ausencia del conflicto y eso sí, presencia al por mayor, de conspiraciones, espionaje, tensiones y disuasión. Ahora abordaré la legítima carrera por el poder mundial que subyace a la naturaleza de los Estados con serias y reales capacidades de hegemonía en el escenario internacional.

A contrario sensu, habrá países que están muy lejos de esas aspiraciones, como pasa, por ejemplo, a la República Centroafricana, la nación más pobre y fracturada del África, porque no tiene ninguna capacidad real de nada. Aspirar a la calidad de hegemón, entonces, es parte del referido estado de naturaleza de las sociedades jurídicamente organizadas, que buscan imponerse sobre las naciones débiles o dependientes, y que la teoría de las relaciones internacionales llama Estados periféricos o microestados, hallándose alrededor del actor internacional con mayor relevancia subregional, regional, hemisférica o planetaria, según los anillos geopolíticos de la dinámica del poder mundial. Por ejemplo, Perú, Ecuador, Chile, Bolivia, Argentina, etc., son periféricos de Brasil, potencia en Sudamérica y en América Latina, y la mayoría de los países del mundo lo son de Estados Unidos, la superpotencia global. Teniendo poder político, económico, militar, tecnológico, etc., entonces, el hegemón puede dominar o controlar el mundo a su antojo. Suele ser uno o hasta dos, pero no más porque no es usual en la tenencia del poder dado que éste tiende más bien a monopolizarse hasta quedar consumado por el control unilateral. En el mundo antiguo, lo fue Roma, imponiendo a sus anchas la denominada pax romana; también lo fueron Portugal y España, iniciada la edad Moderna, por los viajes de circunnavegación, y, desde el final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Estados Unidos y la exUnión Soviética, hasta la caída del Muro de Berlín (1989).

Desde entonces EE.UU., como única superpotencia, se ha impuesto en un sistema unimultipolar, a pesar de su menoscabo el 11S, cuando fueron impactados por Al Qaeda, coludido con el régimen Talibán de Afganistán. Los que le pisan los talones (China, Rusia, India, Japón, etc.,), –repito– también quieren ser hegemones y no debe preocupar a nadie porque la tenencia del poder es cíclica. El primero en la lista para conseguirlo seguramente sea China, el más avanzado, que sigue imparable comercialmente a pesar del chicotazo de la pandemia de la covid-19 en 2020. El contexto actual, por la guerra entre Rusia y Ucrania, parece todavía configurar que el mundo sería en lo inmediato, solo multipolar, es decir, en reacomodo o en construcción, donde no hay nada que presuma un nuevo liderazgo, casi siempre determinado por la aparición de nuevos paradigmas que cambiarán drásticamente el decurso de la historia como pasó con el invento de la rueda, la demostración de la redondez de la Tierra, la emersión del iusnaturalismo o derecho natural, la era atómica y enseguida la era espacial. No está del todo claro el paradigma en ciernes, pero sí, en cambio, que las potencias buscan convertirse en superpotencias.

(*) Internacionalista y excanciller del Perú

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