Queridos hermanos, este domingo estamos ante la Solemnidad de la Epifanía del Señor. ¿Qué significa la Epifanía? Significa la manifestación de Dios, Él se ha hecho carne, ha puesto su tienda (su Ser) en medio de nosotros. El alma de Dios se ha hecho carne en Jesús de Nazareth. El profeta Isaías en la Primera Lectura dice: “Levántate y brilla Jerusalén, que llega la luz”. En medio de las dificultades que podamos estar viviendo a causa de la pandemia, del no podernos soportar y ver que aparece la debilidad humana entre nosotros (es decir, las tinieblas que cubren la tierra). Cuando parece que habrá sólo oscuridad sobre todos los pueblos, aparece Jesús hecho carne, el niño débil. Continúa Isaías diciendo: “Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti”, traen un tesoro inmenso que es el Señor, y a este tesoro vienen todos los reyes y los que tienen poder, trayendo incienso y oro.

Por eso respondemos con el Salmo 71: “Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra. Porque él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres”. Lo más importante es entender que Dios viene a buscar a los más débiles, a los afligidos. Dios se apiada de todos los pobres de la tierra.

La Segunda Lectura de este domingo es de la carta del apóstol San Pablo a los Efesios, y habla de la “revelación del misterio”, haciendo referencia a la manifestación de Dios. Él ha aparecido en medio de nosotros y no es un sueño, se ha hecho carne. De tal forma que, como dice San Pablo: “también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio (la Buena Noticia)”. Los alejados, los paganos podemos entrar en esta herencia que hemos recibido de Jesús por la Revelación del anuncio de la Buena Noticia.

Por eso en el Aleluya cantamos: Hemos visto salir su estrella y venimos a adorar al Señor. El Evangelio de esta semana es de San Mateo, y nos dice que: “Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: —«¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo»”. Los alejados han ido a adorar a Jesús como Rey, nosotros también podemos hacerlo. Si seguimos la estrella llegaremos a la Tierra Prometida, es decir, al cielo. Esta estrella es para nosotros la Iglesia, sigámosla. En la Iglesia veremos cómo se derrumba nuestra autosuficiencia, nuestro egoísmo.

El nacimiento de Jesús da cumplimiento a lo dicho por el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”. Por eso hermanos, les repito: Sigamos a la estrella, que es la Iglesia. No acaba la vida con la muerte, existe la eternidad. En el Cielo nos espera el Señor.

Jesús se hace pobre para enriquecernos con su pobreza, para poder darnos la salvación. Dice el evangelista que los Reyes Magos “Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”. La felicidad nos la da este niño, pobre e indefenso: Jesucristo. Él te busca a ti y me busca a mí.

Que la bendición de Dios esté con todos ustedes.

Obispo emérito del Callao