Hace un año partió a la eternidad el embajador Javier Pérez de Cuéllar. Fue mi jefe en la Misión del Perú ante las Naciones Unidas, así como un Maestro permanente.  Dio lecciones sobre el valor de una suerte de diplomacia interna: actuar en la política nacional, de acuerdo a los intereses  del país, aportando experiencia internacional.

En 1996 se encontraba Pérez de Cuéllar en el Perú, luego de haber desafiado, con su candidatura a la Presidencia, a un régimen totalitario que quería quedarse en el poder. En estas circunstancias estaba por publicar  mi primer libro sobre Diplomacia y Política Internacional, auspiciado por la Fundación Adenauer y la Universidad de Lima.  Este trabajo tenía el prólogo de Pérez de Cuéllar y se decidió que el lugar más adecuado para presentarlo sería la Academia Diplomática. El entonces director -que no era un diplomático- me dijo: “A usted no le puedo negar el acceso a la Academia porque ha sido Profesor de la misma y publicó trabajos aquí, pero que venga Pérez de Cuéllar me parece poco pertinente”.   El acto se realizó felizmente con gran asistencia. Luego Pérez de Cuéllar me presentó también para el doctorado Honoris Causa en una prestigiosa universidad. Esto fue interpretado como una actitud   política, que gravitó en mi carrera con el cese de 1992.

Hoy la Academia Diplomática se honra en llamarse Pérez de Cuéllar. Acaba de asumir su Dirección un ilustre diplomático y  excanciller, el  embajador Gustavo Meza Cuadra, quien sucede en el cargo a Allan Wagner. en una tradición  que se está respetando de que antiguos cancilleres realcen la labor de esta Casa de Altos Estudios, la que reúne también dentro de su planta a otros destacados diplomáticos.

En las actuales circunstancias cabe preguntarse qué nos aconsejaría Pérez de Cuéllar. Creo que sus enseñanzas se resumirán :

1.- Felicitar al actual canciller Wagner por haber nombrado al experimentado y reconocido internacionalmente  embajador Luis Chávez, para las negociaciones sobre la vacuna. Fue poco responsable y feliz -como quedó demostrado- que un joven  canciller anterior confiara  este importante asunto a un funcionario rezagado de menor categoría y experiencia.  Y encima premiarlo con un cuestionable ascenso.

2.- Recordar no solo a los victimarios,  sino a las víctimas. Se hace necesaria una ceremonia –como en Alemania o los EEUU- para honrar a los cien mil peruanos fallecidos. La oportunidad sería ahora pronto, el día que falleció el primer paciente

3.- En el contexto de que no debe haber impunidad,  no retrasar el hacer justicia -que tiene que ser reparadora del daño-  incluso en casos tan antiguos como el cese de 117 diplomáticos en 1992.