Si en nuestro país tuviéramos un parlamentarismo, y no una mala imitación del presidencialismo norteamericano, el presidente Sagasti no tendría atribuciones de gobierno, sería únicamente jefe de Estado y una de sus responsabilidades sería la de convocar al líder del partido que haya obtenido más escaños en las elecciones parlamentarias de abril, a fin de encargarle la formación de un Gabinete.

Asumiendo algunas encuestas, Acción Popular tendría la primera minoría en la Cámara, por lo que Yonhy Lescano sería el primer ministro, pues en ese tipo de gobierno todos los políticos con aspiraciones postulan para diputado por un distrito electoral. Impulsado por el sistema proporcional, el radical pluripartidismo actual obligaría al experimentado dirigente a formar una alianza gubernamental con los líderes de los grupos parlamentarios más afines, pues necesitaría asegurar la mayoría absoluta de los votos para el momento de exponer su plan de gobierno, que ya sería uno nuevo, negociado y acordado por los integrantes de su alianza, y solicitar el ansiado voto de investidura en el Congreso.

Las reglas del parlamentarismo obligan al jefe de Gobierno a mantener un permanente diálogo para buscar consensos entre sus aliados, incorporando a sus dirigentes, diputados también, al Gabinete; cualquier ruptura podría exponerlo a un voto de censura constructivo, que en caso de reunir la mitad más uno de los votos en la Cámara, provocaría su caída y la de todo su Gabinete, asumiendo inmediatamente el liderazgo del nuevo gobierno el líder de la oposición, siempre y cuando logre elaborar un programa gubernamental con sus nuevos aliados, pues también necesitaría un voto de confianza para luego, si lo ve conveniente, solicitar al jefe de Estado Sagasti la disolución del Congreso y la convocatoria a elecciones parlamentarias, colocando al electorado como árbitro de la controversia suscitada, siendo normal que la ánforas castiguen al líder anteriormente censurado, pues como el lector seguramente ha comprendido, la clave es tener la capacidad de dialogar, negociar, lograr acuerdos y obtener buenos resultados; en buena cuenta, saber hacer política.

Europa mantiene el parlamentarismo como forma de gobierno, asume las reglas votando por partidos y no por individuos, por líneas programáticas y no por un menú de “propuestas” inconexas. De esa manera, los electores comprenden las posibles consecuencias de su decisión, incluyendo en su cálculo las posibles alianzas que pueden conformarse. La inexistencia de elecciones presidenciales reduce la demagogia personalista y la utilidad de candidaturas insípidas, pues las reglas premian la capacidad de negociación e impulsan la necesidad de organización y coherencia en las agrupaciones.