La realidad siempre nos impone retos y exigencias. La humanidad ha reaccionado no siempre de manera homogénea. Los liderazgos ayudan a revertir situaciones extremas y complejas. Pero, ojo, no siempre conducen a un destino anhelado, al punto que algunas veces las nuevas condiciones de existencia resultan siendo más miserables que las preexistentes.
Esta lógica aparentemente contradictoria e irracional la vemos a diario. Ni las grandes “potencias” se salvan de estas abrumadoras inconsistencias. Estados Unidos, el gran sueño americano, hoy se hunde en liderazgos fatuos. Su presidente, un heredero de las costumbres más rancias y violentas del siglo XX, confirma su patanería en un debate electoral buscando a como dé lugar su reelección presidencial. No le interesa mentir descaradamente para intentar derrumbar a su rival. La violencia verbal es su sello de presentación. Aun así, un importante número de ciudadanos estadounidenses votará por él.
En América Latina, los liderazgos fatuos se han reproducido como virus en pandemia. Venezuela es hoy el ejemplo de hasta dónde un pueblo se aferra a los pies de un líder que los sigue hundiendo en la pobreza material y moral, mientras su entorno angurriento goza del reino mercantilista. El caso venezolano es una película que la humanidad la ha visto repetidas veces en otras latitudes. El argumento central de este bodrio lastimero es la promesa de una sociedad más justa, con derechos dictaminados en leyes pero inalcanzables e irrealizables en la realidad, donde el trueque de pan por libertad es la base de la economía, y la desobediencia es castigada con la cárcel o el destierro.
El Perú también ha sufrido de esta fatuidad. Las masas aplauden a sus dictadores y a los que elegidos por el voto democrático roban descaradamente, porque, de acuerdo a la lógica perversa, buscaron cambiar la triste realidad nacional, librarla del yugo imperialista, repartir las riquezas de los terratenientes o de la clase dominante, o, porque hicieron grandes obras de infraestructura como carreteras, colegios, hospitales y demás símbolos de “desarrollo”.
Lo más dramático es que esta película no tiene fin. Hoy la mayoría de peruanos continúa dejándose seducir por aquellos mamotretos de líderes que le ofrecen el oro y el oro, como las clásicas promesas de jugosos aumentos de sueldos y pensiones, empleo a boca de urna, educación y salud gratuita y universal, control de precios para supuestamente combatir la especulación, créditos a sola firma a tasa de interés cero, congelamiento perpetuo de las deudas, seguros, servicios públicos e internet gratis y, por increíble que parezca, todo esto financiado del aire, porque a la par prometen la baja radical de impuestos combinada con exoneraciones tributarias a productos “básicos”, y, obviamente, no falta la consigna justiciera de una incansable persecución a los “grupos económicos y empresas que saquean las riquezas nacionales”, para que paguen hasta por el aire que respiran. Un déjà vu eterno.