Los mejores momentos que han tenido la izquierda caviar y la comunista sin filtro durante la última década, fue cuando lograron empatar propósitos con Mario Vargas Llosa en torno a una causa impostada para ellos (los derechos humanos) pero también otra subalterna (destruir a sus bestias negras en el ámbito político peruano: apristas y fujimoristas).

Tras 20 años de la caída del muro de Berlín y la implosión de la gran mayoría de regímenes estatistas y autoritarios herederos del marxismo en el mundo, caminar en la misma vereda de un liberal quijotesco que, además, (por mérito propio y talento consagrado) alcanzó el premio Nobel de Literatura, era una valiosa inyección a sus fines reivindicativos y un oportuno barniz al desastre que sus héroes regaron durante más de medio siglo en perjuicio de toda la humanidad.

Esa logia del fracaso tuvo incapacidad para sonrojarse de los disparates que perpetraron y seguían pregonando con matices, pero una virtud insoslayable: el activismo. Con una derecha ociosa, rentista y aséptica al bien común; y un centro político disputado como carroña por numerosas hienas que el sistema político-electoral auspiciaba, los únicos claros, pausados y estratégicos fueron los caviares. Y justamente en el plano de la estrategia, Vargas Llosa constituyó no un soporte sino un trampolín para su tramposa existencia.

Dicen algunos allegados al escritor que dos de sus tres hijos, Morgana y Gonzalo, abonaron a su flexibilización para que apreciara con más condescendencia a los neo defensores de algunos de sus principios liberales. Mario no percibió la tarea de zapa que esas nuevas juntas de sus ya maduros vástagos realizaban. Los admitió en su entorno de buena fe y hasta en algunos casos abrió puertas con su potente influencia para que alcanzaran grandes niveles de realización personal.

El tercer hijo, Álvaro, era un hueso más duro de roer. Su militancia anti izquierda –plasmada en el polémico ensayo “Manuel del perfecto idiota latinoamericano”, escrito al alimón con Carlos Alberto Montaner y Plinio Apuleyo Mendoza– no permitía confundir la cordialidad con prestarse a ser un tonto útil de la caviarada. Al retomar con su padre diversas reflexiones sobre el inexorable destino autodestructivo de esta región, ambos se embarcaron hace pocos meses en la más inverosímil decisión política de sus vidas: respaldar las pretensiones presidenciales de Keiko Fujimori.

Esta semana, Mario llevó más lejos ese compromiso denunciando el apoyo que el gobierno de Francisco Sagasti le presta al rival de Keiko, el profesor Pedro Castillo. Por donde se le mire, esa declaración es una bomba atómica para el caviaraje nativo y sus títeres de todo pelaje. Ya no cuentan con el escritor, con el Nobel, con el que usaron como tarjeta dorada de presentación. El camino de reverso del novelista ya les asestó una puñalada en la panza nutrida por las agendas oenegeras y su extensión en las planillas públicas.

Sí, lidiar con Mario Vargas Llosa siempre abre muchísimas cajas de Pandora.