Como venía la debacle política en el país, siempre creímos que las cosas empeorarían electoralmente. En el 2006, estuvimos cerca de lo peor al darse el ballotage entre el Comandante Humala, entonces nacionalista retrógrado y peón chavista del “socialismo del Siglo XXI”, y el repitente Alan García apenas arrepentido de su catastrófico gobierno anterior. Votamos nauseados por el último –nuestra abuela materna debió revolcarse en la tumba- y las cosas valgan verdades no fueron tan mal. En el 2011, el mismo Humala con otra hoja de ruta enfrentó a Keiko I, heredera del autogolpista Fujimori y de su régimen autoritario y cleptocrático. Esta vez no tuvimos estómago y votamos nulo. En el 2016, encontrándonos en el extranjero hicimos lo que estuvo a la mano para apoyar el triunfo de PPK sobre Keiko II y festejamos en Palacio la inauguración del que debía ser el llamado “gobierno de lujo”. De lujo nada y a la cuota de errores garrafales cometidos por el Ejecutivo que contribuyó a la destrucción de la gobernabilidad hay que sumar la aberrante y cainita oposición política de Keiko II y su nefasta bancada parlamentaria. Al final, la inestabilidad se trajo abajo a PPK y después a su felón primer vicepresidente aupado al sillón de Pizarro y hoy para mediocre consuelo tenemos un jefe de Estado interino salido del Congreso hasta el 28 de julio que marca las fiestas patrias bicentenarias. ¡Vaya aniversario!
En cuestión de unas semanas vamos a la segunda vuelta presidencial y la elección -por no decir encrucijada- no puede pintar peor. En la esquina de la izquierda tenemos al “profe” Castillo, pero no cualquier izquierda por más que se maquille sino una radical, socialista, marxista-leninista y emparentada con el extremismo senderista disfrazado de Movadef. En la derecha, para variar, Keiko III -¿a la tercera va la vencida?- con la pesada mochila de su pasado antidemocrático y sus pecados y el dudoso presente y futuro que ofrece aún sin convencer lo suficiente sobre su conversión. Hay que escoger entre ambos y, esta vez dada la grave coyuntura, no vale abstenerse ni “blanquear”/viciar el voto. ¡AMÉN!

 

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