El triunfo en primera vuelta de Pedro Castillo tiene un significado clarísimo: el pueblo no quiere a la clase media, Mucho menos, a la clase con poder. Es un sentimiento de rencor basado en la realidad que aquella clase “poderosa” decidió darle la espalda al Perú profundo, deslumbrada por la capacidad de recuperación que mostró el pueblo en 1990, Lamentablemente quienes lideraron aquella recuperación nacional fueron, en su mayoría, personajes turbios que asomaron a la arena política tras la imagen de un Fujimori populista que perdió los papeles al ser superado por un sátrapa como Montesinos, quien se consideraba omnipotente y eterno, cuando el poder es lo más efímero que existe. El éxito del fujimontesinismo –tras superar la quiebra nacional y derrotar a sendero y mrta- destapó la realidad de un Perú todavía partido en dos. Por un lado, la izquierda decidida a vengar la derrota del terrorismo, su brazo armado. Y de otra el país vibrante, emprendedor, liberado de odios y pasiones, decidido a consolidar su desarrollo. Un progreso ya iniciado con estabilidad macroeconómica y subsecuente reducción de esa miseria expandida por sucesivos regímenes neosocialistas que arruinó nuestro futuro. Una dicotomía difícil de solventar. Sin duda el divorcio Fujimori-Montesinos fortificó el avance de la izquierda, basado en acusar al Estado -al régimen de Fujimori- de violar derechos humanos y ser corrupto. Esa predica socialista caló hondo, reverberada por una prensa vengativa que fue copada por la progresía caviar, amiga de sendero y mrta, consecuentemente defensora dl terrorismo. para demandar que los dirigentes del terror, empezando por el genocida guzmán, fuesen liberados y el Estado -representado por Fujimori y su gobierno- acusado de genocida ante los organismos de derechos humanos que controla la izquierda trasnacional. Aquello fortificó notablemente a la zurda criolla, dándole pie a reagruparse. Estratégicamente, sin embargo, sendero adoptaría la vía de infiltrarse en el sistema democrático, estableciendo frentes populares que, con el tiempo, fueron transformándose en cuadros partidarios. El más trascendente fue movadef. A través de él, los escalones terroristas -convertidos tácticamente en agrupaciones políticas- adoptaron el nombre de partido movadef. A Pedro Castillo, ganador en primera vuelta -evidentemente por debajo del 20% de respaldo de la ciudadanía, considerando además que los sectores democráticos en forma temeraria marcaron un ausentismo propio del divisionismo imperante entre los estratos A y B- le bastó soliviantar a los sectores populares exacerbando la verdad de lo que ocurre en el Perú. Es decir, mostró toda la injusticia, la hambruna, las diferencias socioeconómicas, responsabilizando a “los ricos de la clase poderosa” de los males que padecen los peruanos menesterosos. El mensaje fue repetido a tope. Fue tan poderoso, que cohesionó a las masas populares a favor del representante de sendero luminoso. Al postulante que dispute el balotaje con Castillo no le será fácil la contienda. Subsiste demasiado rencor entre la gente necesitada, y el recuerdo de que “los ricos” robaron decenas de miles de millones de dólares al Estado. En el imaginario popular, los ladrones no fueron Graña ni Odebrecth, sino usted, amable lector.