Por Noé Lara

El hombre se mata. Es una verdad. Se cree mega sapiencial; pero olvida que somos humus; vale decir, polvo. Hasta cuándo encontrará la brújula que responda a la verdadera realidad de su presencia terrenal. Elude su geo-referencia porque hasta ahora no sabe lo que es.
Es un sujeto –o actuante—que fluye con monotonía en su ríspida y disparatada predicación. Verbaliza a diestra y siniestra sin la mínima consciencia cognitiva que ambos atributos lo pinta con el color de la ignominia: desconoce la hondura semántica de tales términos. Su actuación es permanentemente aciaga y funesta. Nunca sagaz y lúcida. Siempre le gana lo maligno; la bondad es casi siempre su amante de la más baja estofa. No despierta como le corresponde despertar. No acata lo que debe acatar; no habla lo que debe hablar; no actúa como debe actuar; no metaboliza las ideas. Por ello, es un sujeto que a la vez que se ata lo atan en su propia actuación miasmática. Qué manera de ser somos los hombres. ¿Qué nos falta? Tengo la respuesta; empero, soy humilde. Sin embargo, no descarto la esperanza que es la espera del alba de cada día. Habrá un momento que el hombre abra los ojos no para ver sino para mirar que no es un sujeto arlequín: es un vital activo de alma, cuerpo y carne. Entonces llamará a las cosas por su nombre. Solo nos quedará bien anclada en nuestro activo la obra cumbre de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, para remediarnos con aplomo y dejando las soserías más estúpidas.
Ya no escucharemos, en el sentido de entender, palabrejas: profe (cuando es profesor); mascarilla (diminutivo de máscara, cuando es barbijo); detrás mío (cuando es detrás de mí); todos y todas (cuando es todos); interperie -que continúa aún- (cuando es intemperie); pedófilo (cuando es pederasta y aquí me discurro con una sola proposición para la gran mayoría de este medio de prensa tanto en cantidades y en cultivados: dejad que los niños -dentro las niñas- vengan a mí , porque de ellos –dentro ellas- es el reino -no el reina- de los cielos (y no los cielas).
No olvidemos que humanos somos. Tener presente esto es lo que nos debe caracterizar para no caer en la vulgar oquedad de los rifirrafes, conatos, resquemores, sandeces y vanidades que son flatulencias que nos salen cuando actuamos y hablamos.
El epíteto, el adjetivo y el atributo son amargas pinceladas de seres de espíritu amorfo; las cuales más se diseminan como ríos que arrastran morrallas y sentinas. Acaso Jorge Manrique de Lara, conde de Paredes y Nava, pese a estar sumergido en el lago doloroso de su Ser utilizó las hidro-serpentinas de la tierra al poetizar humanamente: nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir… Él supo lo que nosotros debemos aprender: vivir y no existir. Vivir para dar vida al lenguaje cuando nombramos bien a todo lo que nos rodea.

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