Es de fama y de gracia el viejo libro de Sofocleto, “Los cojudos”, cuya síntesis reside en la frase: “El cojudo llega a su clímax sobre los treinta años y alcanza la apoteosis a los cincuenta y nueve. De los sesenta para arriba es lo que se llama ‘un viejo cojudo’, lo cual significa que no le falta sino cometer la Gran Cojudez Final que cierre con broche de oro su carrera, antes que algún pendejo de la familia consiga meterlo en el manicomio bajo los cargos de Arterioesclerosis Generalizada”.
Todos la hacemos alguna vez. La realidad es un libro que complementa cualquier página. El cojudo minimiza los riesgos de sus apuestas políticas y más si las hacen desde el extranjero y tocan a un país en el que ya no viven. Son los “cojudos cínicos”, solo que sin el desprendimiento nihilista de Diógenes. A estos, Sofocleto los llamaría “los pendejos”. Además, esos ya no vuelven, el desarrollo capitalista es tan tentador. También hay los que agitan las banderas de una revolución para picársela a la primera. Cojudos son los que preferían a los chilenos antes que Piérola, aunque luego tomaran sus calles y sus plazas. Abundan los que la hacen de reserva moral en una sociedad en la que no existen las reservas morales, pero la “dignidad” da caché. Hay de los crédulos ¿Han oído de Chamberlain? Se creyó el cuento de la diplomacia con Hitler y pasó al registro del primer cojudo de la Historia, y los hay colaboracionistas. No piense en Petain gobernando para los Nazis en Vichy porque su figura se asocia a la traición más que a la cojudez, como esos que quedan bien con los secuestradores en un banco, tiran dedo, pero también les cae y les cae primero…por cojudos. Cojudo es el que vuelca fuego al incendio porque odia el agua.
Hay situaciones que son evidentes, pero que algunos niegan, exasperantes, hasta que es tarde, “¡ah, es que no me había dado cuenta!”, “pero si eres un buen politólogo, bobo” ¡Cuánta falta hace Luis Alberto Sánchez!, decía hace un par de días, ¡Cuánta falta hace Sofocleto!, replicaron. No escribió “Los cojudos II” en su Enciclopedia del comportamiento humano, gran chiste trágico, como aquel en que retrató a un poco avispado:
“–¡Vaya maestro…Por fin conseguí taxi…Imagínese…A las siete de la noche y uno con toda la quincena de la planilla en el maletín…!
–¡Arriba las manos!”.

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