Enfrentar un relato es la aceptación de un contrato tácito. El lector debe entender que lo que leerá no es real, así el escritor o escritora jure, de manera solemne, que sucedió todo lo que encontrará en su historia. Más allá de que pueda ser cierta la fuente, la secuencia de palabras, el ritmo establecido por la puntuación o la elección de los objetos que se describen generan, irremediablemente, la construcción de un artefacto, más aún, si es que se decide desordenar la progresión natural del tiempo en la exposición de los hechos.

Estamos, sin duda, ante un artificio. La adecuada elección de cada uno de estos elementos producirán ese maravilloso efecto de enamoramiento con la historia, que no queremos dejar, que no queremos que finalice o que, por último, añoramos que ese sentimiento se vuelva a repetir.

Diversos brillantes escritores y escritoras, a través del tiempo, han señalado qué es lo que consideran que debe contener un relato perfecto. Fue Poe quien definió que el relato debía cumplir la regla de la unidad de acción. Que nada, absolutamente nada, distraiga al lector de lo que el autor quiere contar. Para esto, podemos entender, el lector no debe perder de vista al personaje principal de la historia. Los sucesos que lo rodean deben dirigir al protagonista de manera unívoca al desenlace de su historia.

Sin estas premisas, leer el ebook «Cuentos breves para rutinas infames» de Giancarlo Andaluz sería una tarea compleja. Andaluz escribe sobre Europa de postguerra, como de una bodega de barrio, sobre personajes ilustres como de la historia de una muchacha x, en un barrio x, en un tiempo x. Es, como verán, versátil en tema; pero no solo eso. Sabe adaptar el lenguaje según la ocasión, lo que convierte al narrador no solo en guía, sino también, en atmósfera. Arriesga, pero me parece que lo hace con acierto. Son cuentos breves, como dice el título, que quiebran la rutina, que capturan y, por supuesto, invitan a seguir con atención a este autor.