La patria del escritor es el lenguaje, reza la vieja máxima. La escritura como registro de lo real y como herramienta para las fabulaciones, así lo entendí siempre. Supuse además que los escritores tenían la virtud de ver más allá de lo evidente, de entender lo que para el resto termina en lo explícito, de ir más allá, de interpretar los símbolos. Supuse también que mentir es otro de sus grandes recursos.

No me equivoqué. En el Perú, las instituciones constitucionalmente competentes para reconocer al presidente, aún no determinan quién ganó esta contienda, la incertidumbre entonces es total y compleja. Quienes no votamos por Pedro Castillo somos sindicados como cómplices de la inmoralidad, de “la mafia” que representa a la derecha, somos acusados de hacerle el juego a la corrupción, de perder la memoria como si acaso ellos no recordaran las fechorías de Vladimir Cerrón, el apoyo decidido de Martín Vizcarra al acólito de las protestas, el proceso por terrorismo contra Guillermo Bermejo, la vocería de Daniel Salaverry y los vínculos con el Movadef.

No, eso no recuerdan, eso no ven. Ellos, “los dignos”, ebrios de un resentimiento al que le llaman memoria, no han dejado de utilizar sus redes para disparar con adjetivos contra quienes preocupados por la estabilidad consideramos que era de valientes y responsables hacer una tregua con el adversario para enfrentar la amenaza divisionista de quienes no dudaron en recibir apoyo material de los representantes de la injusticia y el hambre. La política no puede reducirse a la violencia. Cuando los resultados del flash no favoreció al sindicalista, el grito irresponsable fue acusar a la ONPE de perpetrar un fraude, cuando los votos estuvieron a su favor, trajeron al sindicalista a Lima para que desde la vieja casona del jirón de la Unión, donde a inicios del novecientos Valdelomar congregaba a los Colónida, azuzara a la población para que “esté alerta” frente a los actos de “la organización criminal”.

Por supuesto, ellos: “los dignos”, continúan incendiando desde sus pantallas los ánimos de un electorado que a estas alturas lo único que quiere es que se resuelvan las impugnaciones y de una vez nos digan quién ganó al 100% de los votos contabilizados. Ni ellos son terroristas por votar por Castillo, ni nosotros inmorales, o perpetradores de ilícitos, por no votar por el sindicalista. Lo curioso es que continúan siendo “guerrilleros de Facebook”, marchas aparte, jamás han estado en la cancha militando en algún partido o postulando por alguna representación. Son ellos y sus teclados atacando en mancha, surfeando la ola de lo políticamente correcto.

Ellos, “los dignos”, en su ceguera política, aplauden apasionadamente a su último ídolo, le escriben loas, lo adulan, lo ensalzan con emoción de tinterillos. Saben que adelante está el abismo, pero no les importa porque acaso ellos son el vacío, la vanidad, la solitaria bala del tambor con la que ejecutan el juego siniestro. La patria del escritor es el lenguaje, reza la vieja máxima, están a tiempo de aprenderla.