En la secundaria de los noventa todos teníamos un diario compartido que significaba nuestra propia vida. Se trataba de un cuaderno que develaba los secretos que quizá no queríamos contar, pero que terminaba exhibido cuando por necesidad de aceptación grupal terminábamos escribiendo en él. Entonces no había redes sociales donde pudiéramos postear nuestros escritos, pero el slam lo significaba todo.

El símbolo de popularidad entre los adolescentes de quinto de secundaria se resumía a un cuaderno que descubría la intimidad de quienes decidían participar.

No éramos escritores, pero quizá queríamos serlo. Escribir en esas épocas era muy común. No teníamos celulares ni medios en la web para publicar, pero sí teníamos un cuaderno, uno que normalmente estaba mejor forrado y cuidado que los mismos cuadernos de nuestras clases, aquellos que en quinto de secundaria perdían nuestro interés. Muchos de ahora no lo saben, pero entonces los de quinto esperaban la hora de salida del último día de clases para romper los cuadernos.

Era un ritual de triunfo de adolescentes que veían en esa acción acalorada e impetuosa el desahogo de una crisis de la educación pública contenida durante años. Era común, incluso, caminar mientras se tiraban las hojas de los cuadernos; sin embargo, el slam se mantenía firme, pues atentar contra él era, sobre todo, atentar contra la intimidad misma, contra la exhibición de los gustos que muchas veces nos avergonzaba mostrar, Agredir un slam era agredirnos a nosotros mismos, a nuestra propia historia.

Los escritores adolescentes de antes comenzaron elaborando diarios en sus casas que los escondían debajo de la cama o los refundían entre las cajas de libros. Quizá en algún momento leímos Wherter o el Diario de Ana Frank y entonces pensamos que podíamos ser ellos mismos en una época distinta, pero con características trágicas similares.

Las cuitas del joven Wherter volvían a estar vigentes muchos años después con los mismos sufrimientos amorosos, aunque quizás menos refinados y nosotros estábamos atrapados en ese mundo. Por eso el slam representaba ese desahogo.

Entonces, en esas páginas que escribíamos, una por una, dejábamos una parte de nuestras vidas y la compartíamos con los demás. No seríamos escritores, seguramente, y quizás nadie pensaría seguir alguna carrera de letras, pero esa manera de dejar nuestra intimidad en un cuaderno representaba una proyección de lo que éramos y lo que queríamos ser si es que la vida no fuera tan difícil como la de un adolescente de aquellos años.

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