No hay nada más perjudicial para cualquier tipo de organización –pequeña o grande, social o empresarial– que los falsos líderes, esos falsos profetas que pueden llevar a cualquier empresa o propósito al fracaso. Estoy hablando de ese tipo de personas que, muchas veces, tienen un buen discurso, pero en la práctica no saben cómo hacer las cosas, es decir no saben gestionar y gerenciar. Personas con un discurso prefabricado, pero que no pueden tratar bien a su equipo, a sus subordinados o a sus socios.

Por el contrario, un buen líder es reconocido por sus obras, por su forma de resolver las cosas, sacar lo mejor de cada uno de los miembros de su equipo y crear un gran ambiente de trabajo o colaboración. A un buen líder casi nunca se le recuerda por lo que dice sino más por lo que hace o por sus logros.

A los falsos líderes se les reconoce también porque son personas con mucho temor. Tienen miedo a perder su sueldo y su puesto en la organización, pero además le tienen miedo a los que saben más que ellos, a los que tienen buenas ideas y por consiguiente a los cambios, a las reformas.

Por ello pienso que un mal líder provoca que una organización no evolucione. Este tipo de gente no quiere que las cosas cambien porque les da miedo ponerse al frente de un proceso que muy probablemente no sepan cómo conducirlo y que los va a poner en los ojos de los demás. Un mal líder necesita pasar desapercibido en cuanto a sus resultados, nunca resalta, siempre se mueve en la mediocridad. El mal líder está cómodo cuando no hay más movimiento que el habitual, cuando todo se mantiene dentro del orden de lo establecido. No les gustan las sorpresas y prefieren controlarlo todo.

Un mal líder también es perjudicial porque ahuyenta a los talentosos. Repele a la gente inteligente porque no quiere escuchar nuevas ideas, porque dice cosas como: “no te pago para pensar”. También están los malos líderes que sí escuchan, y con mucha atención, nuevas propuestas de sus socios o de miembros de su equipo, pero solo para apropiarse de ellas. Este tipo de malos líderes, cuando reciben felicitaciones, en el mejor de los casos ponen al dueño de la idea a un lugar en donde apenas se les reconoce su aporte. Normalmente, ellos hacen como si fueran dueños absolutos de la idea o solo dicen cosas como: “gracias a mi equipo por su apoyo”.

Sin embargo, creo que la principal razón por la que un mal líder ahuyenta a los talentosos es porque temen ser reemplazados por alguien que a todas luces tiene más capacidades. Por el contrario, un verdadero líder no le teme a la gente capaz, más bien se apoya en ellos para lograr sus objetivos y más. Un buen líder convierte a los talentosos en sus  “manos derechas”. No se apropia de ideas ajenas. Como siempre lo digo, un buen líder hace brillar a su equipo, es decir sabe gestionar el talento.

Si estas reflexiones te han recordado a tus superiores o a tus socios, creo que tienes la obligación de cambiar de trabajo o de socios. Nunca es tarde para rodearte de gente talentosa como tú, estás a tiempo de buscar el verdadero liderazgo en ti y en los que están a tu alrededor.