El ministro del Interior Cluber Aliaga, general retirado de la PNP, cayó en desgracia a setenta y dos horas de haber jurado al cargo. Reemplazó al también efímero ministro Rubén Vargas, que decapitó a dieciséis generales de la PNP para poner a su favorito, el actual comandante general de la policía César Cervantes, un oficioso policía protegé de los exministros Basombrío y Gino Costa. Cervantes se encontraba en un cargo dorado en la agregaduría policial en Madrid. El pecado del general Cluber Aliaga fue haber asistido al Congreso, a la Comisión de Justicia y Derechos Humanos el 7 de diciembre para decir una verdad incómoda, pero no por eso una gran verdad: las marchas habidas entre el 10 y el 16 de noviembre no fueron pacíficas y la policía fue atacada con toda una parafernalia que requiere una organización y dinero que la respalde en puntos críticos del Centro de Lima. También dijo que los dos difuntos que fueron llevados por la narrativa caviar encabezada por el partido Morado hoy en el poder, al rango de héroes y mártires, no necesariamente fueron abatidos por armas de fuego de la PNP sino que es bastante probable que sus muertes se deban a otras circunstancias que habrá que investigar. Como se aprecia, esto derrumba los dos cimientos políticos en los que se apoya el gobierno morado de Francisco Sagasti, a saber: los muertos Inti Sotelo y Bryan Pintado, aquellos dos difuntos que los organizadores de la violencia en los lugares críticos donde una turba perfectamente sincronizada y organizada pretendió romper el círculo policial para llegar al Palacio Legislativo sabe Dios con qué fines protervos. De paso, el entonces ministro Cluber Aliaga dijo algo de sentido común: que el pase al retiro de los dieciséis generales del escalafón para que ascienda a director general de la policía el general Cervantes, fue apresurado, tal como lo demuestra la crisis que la policía vive hasta el momento de escribir estas líneas con un nuevo ministro del Interior que no tiene ningún ascendiente sobre la policía, como tampoco lo tiene el general protegido de Basombrío, Rubén Vargas y Gino Costa. En síntesis, el dimisionado ministro de Interior puso en entredicho la narrativa política caviar que sostiene al gobierno actual. La contraofensiva fue inmediata, teniendo en cuenta que el gobierno se jugaba la cabeza.

Porque, ¿qué hubiera pasado si la narrativa caviar era desmentida por uno de sus propios ministros? ¿Que esas marchas y esas muertes no fueron ni pacíficas ni espontáneas ni siquiera atribuibles a la PNP? ¿Cómo quedaba Sagasti? La chilla de los caviares, tanto en el Congreso como en las redes sociales con la complicidad de la comisión CIDH que estuvo en el Perú para convalidar una determinada narrativa de parte, pusieron fin al ministerio de Cluber Aliaga de inmediato, con bajezas de la fantasmal primer ministro según la cual, “además le pareció que el ministro la estaba grabando en una reunión”. En la misma noche del 7 de diciembre, juraba al cargo del Mininter, otro morado, José Élice que, al día siguiente, se reunió con los familiares de los dos muertos que son las columnas vertebrales del régimen de Sagasti ofreciéndoles el oro y el moro y rehaciendo la narrativa que su antecesor había puesto en duda con una exposición absolutamente técnica.

Lo que queda claro es que, con la bendición de la CIDH en sus recomendaciones, el gobierno transitorio de Sagasti pretende reformar la policía manu militari con gente allegada a su entorno o a sus intereses políticos e ideológicos, aunque la misma comisión determinó que se cumplieron con todas las normativas vigentes de DD.HH. para prevenir las protestas. ¿Por qué tanto afán de hacerse con la policía de un gobierno que lo único que tiene que hacer es administrar las elecciones generales para dentro de tres meses? Lo cierto es que la maquinaria caviar siempre es sincronizada como lo fueron las marchas que derribaron a Merino y que están infiltradas ahora incluso en el Ministerio del Interior.