Hasta donde sabemos por la historia, el sistema político de nuestra Patria -siendo Imperio de los Incas y Virreinato de España- ha sido el monárquico. Largos siglos hemos vivido bajo una corona y la voluntad de un inca o rey conquistador cuya visión del poder radicaba, principalmente, en la expansión de sus tierras (fuimos parte de ese imperio de Felipe II, donde nunca se ponía el sol). Nuestro sistema republicano, por tanto, es todavía joven e inmaduro.

El caudillaje político que aún vivimos, es una especie de proceso de transición, en el sentido de que, aún en nuestra conciencia histórica, pervive la figura temida de un gobernante al que se le rinde pleitesía y del que se espera la solución a todos los problemas personales y sociales, y está perfectamente encarnada en el sistema presidencialista, en vez del parlamentario; es por eso que el caudillo-presidente es una especie de tótem que, sea quien sea, es mejor adorar y procurar ser parte de su corte palaciega.

Pero, en toda República, el poder recae en los ciudadanos quienes eligen a sus representantes, tanto para el gobierno nacional, regional y local; como para el poder Legislativo. Una República que se precie, es necesariamente parlamentarista a todo nivel jurisdiccional -no presidencialista- como el modelo que tenemos, heredado de una nación de incas y de reyes. Fortalecer y mejorar este poder del Estado, es parte también del crecimiento que necesitamos.

Después del grito de la Independencia, cuyo Bicentenario celebramos, nació “formalmente” la República y Lima pasó de ser la capital de uno de los dos primeros virreinatos más grandes de España en América -nos referimos a los de México y Perú- a capital de la República. Ese abolengo que le viene de antaño, también pervive en nuestra conciencia histórica de país centralista que ha descuidado el desarrollo de sus regiones y provincias.

Nuestro territorio del Perú es grande y diverso, no puede seguir siendo gobernado por un caudillo-presidente, desde lejanas tierras; es por eso que la descentralización, distinta a la atomización departamental que ahora tenemos, es un tema pendiente para la maduración de la República. Un primer paso es pasar de las regiones a las macro regiones que bien podrían ser cuatro, evocando los suyos incaicos, con un gobierno central que unifique la Patria.

La reforma del Estado, no puede responder más a cambios en detalles que, al fin y al cabo, no responden más que a intereses particulares mayormente; sino que es necesario hacerla siguiendo unos lineamientos macro con un gran objetivo: crecer como República en democracia, a todo nivel. Tenemos un Congreso Nacional, pero nos hace falta cuatro parlamentos regionales que representen, legislen y fiscalicen con prerrogativas autónomas.

La crisis política que ahora vivimos -precisamente, cuando celebramos el bicentenario de la Independencia del Perú- es una crisis de crecimiento que ha despertado la conciencia ciudadana de una gran cantidad de personas que, si otras hubieran sido las circunstancias, jamás se hubieran interesado por la “cosa pública” que, a todos compromete; porque de ella dependen nuestros valores como la LIBERTAD, don preciado que el mismo Dios custodia.

Si una enseñanza histórica nos quedará en este Bicentenario es que, no bastan los gritos libertarios ni la sangre en las batallas, no bastan los sacrificios ni las proclamas patrióticas de nuestros héroes; cada generación de peruanos, debemos ganarnos el pan de cada día, el pan de la libertad que nos alimenta, de lo contrario, amaneceremos un día, en una Patria que no es la nuestra.

Excongresista de la República