En una de las escenas más conmovedoras del cine de todos los tiempos, me atrevo a decir, Anthony Hopkins, en el personaje de un enfermo de Alzheimer en la gran película The Father, solloza reclamando a su madre en el asilo de Londres en el que está recluido. Como música de fondo de aquel llanto quedo y desgarrado, se escucha Los Pescadores de Perlas, de George Bizet, una bellísima canción de amor a la vida y a lo que ella encarna. Anthony, reclinado sobre el pecho de su enfermera, rememora las tardes y las noches del seno materno y se deja estar mientras la música de Bizet suena como una canción de cuna en los oídos del anciano que no sabe ahora quién es, pero que no puede olvidar ese aroma y esa voz que lo acompañaban sin recompensa alguna en esos momentos maravillosos.
“Yo creo oír aún, escondida bajo las palmeras, su voz tierna y sonora, como un canto de palomas torcaces. Oh noche encantadora, divino encantamiento, loca embriaguez, dulce sueño. En la claridad de las estrellas creo aun verla entreabrir sus largos velos a los vientos tibios de la tarde…”. Las perlas del amor filial lucen sin mácula y sin tiempo. La madre es el recuerdo más entrañable de los hijos. A luz de la luna o bajo los árboles más vetustos y tupidos, su voz, su inconfundible voz nos proporciona un inigualable abrigo. En la claridad de las estrellas o en la oscuridad de las noches con sus penas, oímos esa voz y nos sentimos protegidos para siempre, ignorando que luego nunca pescaremos perlas como esa cuyo brillo nos acompañará hasta el fin. Las nuestras son otras, teñidas por las sombras de la vida, labradas en la soledad o en el tumulto, gastadas por el infortunio y la esperanza…
Los persas creyeron que las perlas eran las lágrimas de los dioses. Para los chinos de la antigüedad, solo la luz de la luna las podía hacer florecer en la oquedad del tiempo. Para los griegos, caían del cielo sobre las ostras que las esperaban abiertas y flotando en el mar. Venus fue, para los romanos, fuente de su misterioso brillo. Amatistas, cristales de roca, ámbares, granates, jades, aguamarinas, jaspes, corales, lapislázulis, topacios, serpentinas, esmeraldas, turquesas, han sido siempre un símbolo del amor aunque no pocas veces la sombra del vasto amor las haya tirado a las alcantarillas.
Las perlas de las madres tienen el fulgor de las Akoya, las legendarias formas de las Mabes de Australia, la misteriosa tonalidad de las perlas negras de la Polinesia y la tersura de las blancas de los mares del sur. Pero, además, la sencillez y frugalidad de las perlas nuestras de cada día cuyo brillo no viene del cielo ni del mar sino del pecho que las provee para el hijo que las mira en la presencia y en el recuerdo de la madre que siempre está derramándolas sobre su rostro.
La gaita margariteña tiene una dulce tonada en el agua Caribe: “La perla dice en el mar/yo mantengo una riqueza/una prenda de belleza/con un brillo natural…” Yo, por mi parte, mantengo la mía que se llama Luisa, intacta en la memoria, arrullándome en la cuna como si el tiempo, el inclemente tiempo no hubiera pasado.

 

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