El político contemporáneo se llena la boca de palabrería hueca para venderse -como mercadería- a cambio de votos. Promete acabar con la corrupción, pero mantiene intactas esas leyes bobas que apenas penalizan a los corruptos. Como sostiene el Director de este periódico, si el político quisiese luchar contra la corrupción, debería empezar por ser contundente con los castigos. Los artículos que conforman la Sección IV del Código Penal, sobre corrupción de funcionarios, contienen penas ridículas. Es menester elevarlas mínimamente a 15 años, con tope de 35. ¡Los corruptos pensarían dos veces antes de corromperse! No hay pues límites para aquella especie humana denominada los políticos. Gente que se considera con derecho a dirigir a su aire nuestra vida, salud, hacienda; incluso hasta nuestra forma de morir. Son desvergonzados al propalar que ofrendarán hasta su vida por el país, siendo conscientes de que así engañan a sus votantes. Lo hacen sin el menor recato. Incluso mienten poniendo tal énfasis en la certeza de su palabra que transpiran un cinismo digno del mejor protagonista escénico. Se consideran seres superiores. Algo semejante a gente superdotada con poderes sobrenaturales para dirigir toda una nación; sin perjuicio de que la inmensa mayoría de ellos carece del nivel profesional que requiere quien pretende ejercer tan alto cargo público.

Pero ahí van estos sujetos, andando presuntuosamente por la vida con la mentira en la boca y la mente concentrada en cómo sacarle rédito a su “carrera política”. La única “carrera” profesional que no demanda educación, siendo una que juega con la supervivencia de seres humanos. Analicemos a Pedro Castillo, candidato del comunismo. Siendo profesor, balbucea terca, penosamente al momento de inventar alguna respuesta. Incluso sobre asuntos básicos. Ejemplo, la manera en que pretendería solventar la pandemia Covid. Lo hemos visto en las escasísimas entrevistas que ha aceptado durante esta campaña para el ballotage. Castillo, siendo educador, es una persona absolutamente elemental en cuanto a conocimientos para demasiadas cosas. Con mayor razón, para dirigir un gobierno. Aunque, aun así, persevera en presidir esta nación de por sí complicada; en plena crisis sanitaria acentuada por un tsunami socioeconómico de gigantescas proporciones. ¿Acaso esto no es una afrenta a los 32 millones de peruanos, cuya subsistencia y patrimonio estarían a cargo de una persona incapacitada para gestionar SU Estado en plena crisis?

¡De esta barbaridad nadie habla! Porque como gallinazo no come gallinazo, los políticos locales -por definición teórica, delegados y por ende apoderados del público, pese a que la gran mayoría del magisterio no concuerda con ese rango- no quieren confrontar semejante oxímoron por pánico a perder su divino tesoro, que consiste no solamente en “mandonear” al ciudadano sino en lucrar de él sin riesgo alguno. Porque, amables lectores, el político disfruta de una suerte de inmunidad permanente. Toda intromisión de la Justicia contra un miembro de esta rama de la humanidad es considerada un atentado contra la democracia. Incluso si el político acaba siendo un comunista como Castillo, que detesta y pisotea las reglas del sistema democrático.