Vueltos a la normalidad política –parecida a la que proclamó Martín Adán respecto a los golpes de Estado, pero sin el componente castrense– todavía no culminamos la dilucidación de cómo así un gobierno efímero y torpe apenas pudo obrar la fortuna de librarnos del pillo Martín Vizcarra (quien maniobraba desde palacio de gobierno para obstruir a la justicia en la pesquisa de sus delitos) desprovisto de otro horizonte constructivo, o cómo pasa a llamarse “transición democrática” lo que días antes era “golpe de Estado” para la barra brava del nuevo régimen, si Manuel Merino y Francisco Sagasti forman parte del mismo circuito constitucional que los ungió presidentes.

No son misterios del Orinoco. Son las realidades del Perú desinstitucionalizado y cada vez más presa de los poderes fácticos. No tengo una sola línea escrita ni comentario favorable a la vacancia por incapacidad moral (figura que simple y llanamente debe desaparecer de la carta magna) pero sí aposté y me tranquiliza que Vizcarra salga del mando supremo del país, aunque varios de sus allegados aún permanecen en las esferas del Ejecutivo. La Contraloría y el Ministerio Público no deben perder de vista a los rezagos de la mafia vizcarrista.

Y es verdad que también sosiega el arribo de Sagasti a la primera magistratura, por sus características personales y profesionales. No agrego lo que ya aquí y en el mundo se conoce de su impresionante currículum, sensibilidad cultural y experiencia pública nacional e internacional. Subrayo que lo conocí en la turbulenta era fujimorista de los años 90 cuando me desempeñaba como responsable de los asuntos de prensa del Foro Democrático, al cual pertenecía Max Hernández.

Max, Sagasti y Pepi Patrón me convocaron para darle algo de visibilidad mediática a su trabajo llamado Agenda Perú. Eran los tiempos donde la mayoría de la prensa cerraba los espacios a quienes disentían de la administración de Alberto Fujimori. Pero dicho trabajo no era una herramienta de confrontación política al gobierno de turno, sino un ambicioso proyecto para edificar las bases del desarrollo nacional en todos los campos, fundamentadas en el consenso y la urgencia de reconocernos por fin como nación, sin desmedro de la diversidad.

Recuerdo a Max y Sagasti emocionados con el gráfico que sintetizaba su obra: un mapa del Perú con hilos sueltos que iban enhebrándose para identificar su geografía. Me pedían que no pasara por alto destacar esa imagen.

Parafraseando a Steven Levitsky, de Sagasti hay certezas (positivas) pero de algunos de sus ministros, muchas dudas.

Y de quienes buscan empoderarlo, terror. Y de quienes podrían aprovechar una rendija para hacerlo flaquear de sus convicciones ecuménicas y democráticas, pánico.

Atentos a los nuevos redentores, cuyo paraíso ofrecido más bien puede llevarnos derechito al infierno.