Esta columna pretende, en la víspera de la nochebuena, recordar en su terrible anonimato, a las decenas de miles de víctimas que el coronavirus ha dejado en el Perú, así como a sus familiares más queridos que mañana tendrán a alguien ausente en la cena pascual.

En su multitudinario nombre, quiero entender su pena pero también su rabia, su honda desazón por las circunstancias de sus muertes, por la indolencia e ineptitud de un Estado que abandona a su suerte a sus
ciudadanos.

Nuestro poeta Abraham Valdelomar escribió un hermoso soneto que muchos aprendimos en el colegio y que se titula: El hermano ausente en la cena pascual. Por ese hermano, por ese abuelo, abuela, padre o madre, por ese hijo lo recuerdo ahora: “Hay un sitio vacío de la mesa hacia el cual/ mi madre tiende a veces su mirada de miel/ y se musita el nombre del ausente pero él/ hoy no vendrá a sentarse en la mesa pascual.”

La vida sigue, sin duda, ayer como ahora…”Pero no hay la alegría ni el afán de reír/ que animaron antaño la cena familiar/ y mi madre que acaso algo quiere decir/ ve el lugar del ausente y se pone a llorar.”

Noche de paz, noche de amor, reza el villancico. Y aunque todos lo piensan pero nadie lo dice, entre los astros que esparcen su luz, está la muerte que esparce su sombra. Niño Manuelito, qué te puedo dar, rosas y claveles para deshojar. Pero mira cómo beben los peces en el río, pero mira cómo beben por ver a Dios nacido, beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río por ver a Dios nacer. Yo quisiera poner a tus pies, algún presente que te agrade Señor, mas Tú ya sabes que soy pobre también, y no poseo más que un viejo tambor, rom pom pom pom, rom pom pom pom…

Cientos de enfermeras y médicos y de personal de salud, así como de policías y militares que estuvieron y están en la primera línea del combate al coronavirus, tendrán sus sillas vacías en la cena pascual. Para que mañana sea para muchos una noche de paz, ellos perdieron la vida en una noche de guerra y otros tantos arrastran las secuelas del fiero combate. Y otros más se incorporan a la lucha mientras la vacuna no tiene fecha de llegar y la desinformación oculta el verdadero número de fallecidos.

Esta será una nochebuena con más lágrimas que nunca y, como nunca también, nos pareceremos al niño que nació en medio de la más tremenda incertidumbre. Perseguidos, no por un censo fatal, sino por un virus, nos guareceremos en nuestro portal de cristales o cartón -qué más da en estas circunstancias- para celebrar la vida.

El niño en el establo. Las sillas vacías en la cena. Mañana nos olvidaremos de que “nacemos solos, vivimos solos, morimos solos, y que únicamente el amor y la amistad nos dan la ilusión de que no estamos solos.”