En el Perú, el año que se fue estuvo a mi criterio marcado por tres sucesos. El primero, sin duda, fue la pandemia mundial del coronavirus que afectó a países ricos y pobres, desarrollados y subdesarrollados por igual. En ese sentido se podría decir que la humanidad entera se unió en una tragedia común, compartió los mismos miedos y nuevas costumbres y se encaminó a utilizar todos los medios de su conocimiento para hallar una solución al problema, consiguiéndolo a fines del año que se fue con varias vacunas en circulación, menos en nuestro país que tendrá que esperar hasta el 2022 por culpa exclusiva de la ineptitud criminal de Martín Vizcarra. A este hombre cínico y corrupto le debemos los peruanos la triste celebridad de ser el país con mayor cantidad de muertos en exceso por millón de habitantes, según el diario The Economist, cuyo corresponsal para América Latina, Michael Reid, reclama para él una investigación imparcial. Aún con todos estos datos, la popularidad de Vizcarra con relación al manejo de la pandemia es de una aceptación del 57% de los peruanos, a los que este sujeto repartió dinero como cancha tanto a los de arriba (Reactiva Perú) como a los de abajo (bonos). Un acápite aparte merece el triste papel de la prensa y el periodismo peruano, que no contenta con recibir dinero del Estado para solventar sus negocios y pagar las planillas de sus empleados, se coaligó con este crápula porque lo consideró el artífice de la quiebra del “fujiaprismo” y del cierre del Congreso electo en el 2016, solo para traernos como resultado uno mucho peor que el anterior. Fue precisamente su propia obra quien devoró a Vizcarra.

Y este es el segundo hecho del 2020. Con honrosas excepciones contadas con los dedos de la mano, este congreso de analfabetos funcionales, vacó de acuerdo a la Constitución y a su reglamento al hombre cuya estela de corrupción es más brillante que la de un cometa. Asumió el cargo, según la sucesión constitucional, un hombre simple y sin fantasía que no estaba preparado para una tal responsabilidad. No duró ni quince días en el poder, tumbado por un complot de los medios de comunicación, el empresariado y la calle, azuzada desde los medios de comunicación en plena pandemia. Merino y su gabinete demostraron que no sabían dónde estaban parados y dejaron hacer y pasar a unos facciosos en nombre del miedo y la cobardía, ante el temor de que les colgaran el sambenito de “golpistas” y “asesinos”, que igual se los colgaron, llegando incluso a motejarlos de “tiranos” en el relato fraudulento creado por los medios, las ONG y las redes sociales en comandita siniestra. La muerte de dos muchachos con antecedentes judiciales por robo y tráfico de drogas que protestaban violentamente sellaron la suerte del régimen de Merino y cimentaron la heroicidad de la “generación bicentenario”, un fraude como el propalado por los informes de ONG que hablan de protestas de tres millones de peruanos en las calles. Es increíble cómo la historia se tuerce con descaro para que se acomode a la agenda propia de una pandilla política.

El tercer hecho del año que concluyó se sigue de lo anterior. La asunción al poder de una camarilla congresal condenada a la minoría por las urnas, pero encumbrada al poder por la imbecilidad y cobardía de los líderes políticos, muertos de miedo y sin consecuencia en sus acciones, es la consecuencia del partido Morado en el gobierno, a la cabeza con Francisco Sagasti, un burócrata internacional que funge de académico y que ha copado el Estado de caviares. Los dos muertos que ya lleva su gobierno en sendas protestas por el agro lo han mantenido incólume en el cargo, lo que demuestra la conspiración que hubo contra Merino y su gobierno. Pero no se le puede culpar a él de aprovechar la oportunidad que siempre estuvo buscando toda su vida de ser presidente, alucinando un merecimiento que escapa al voto popular. Los grandes culpables de que una minoría de caviares nos gobierne son los líderes medrosos que apoyaron la vacancia de Vizcarra y apenas unos días después, presas de pánico, pedían por twitter la renuncia de Merino, dejándose, además, arrinconar para que ninguno de los 105 que votó la vacancia del crápula Vizcarra, pueda constituir gobierno. O sea, el mundo al revés. Las arcadas que me produce un “liderazgo” electoral de esa calaña es lo que me aterra, pues hasta hoy, primero de enero, no hay ninguna alternativa presidencial ni política viable para nuestra patria. Esperemos que la campaña electoral nos dé una sorpresa.