Como homenaje a Luis Bedoya Reyes transcribo en este espacio la homilía que pronunció el Cardenal Juan Luis Cipriani desde Roma, en la Misa por el alma del doctor Bedoya:
Quiero dirigirme ahora a los hijos, nietos y bisnietos del doctor Luis Bedoya Reyes, a tantos amigos que hoy nos hemos reunido a través de las ondas digitales y a todos, los que por diversos motivos, sentimos el deseo de levantar el corazón a Dios para rezar por el doctor Luis Bedoya Reyes.
Cristo viene a la tierra para que todos se salven, y esa salvación va por un camino que es la verdad y la libertad y el doctor Bedoya fue un claro defensor de principios, fue un claro defensor de la fe católica. No tenía vergüenza de que se le señalara como un hombre de fe. Que lecciones nos da en su integridad moral la vida de este gran amigo.
Desde joven participó en la ‘Acción Católica’ . Su fe caló hondo en él, y toda su trayectoria personal pública, fue un canto a la integridad de una persona que sus principios los pone en práctica en la política, en la familia, en la vida pública.
Luchó con bravura. No era un hombre tímido ni apocado, era valiente. Y luchó cuando vio que ese secularismo, o esa tendencia a ir dejando de lado las enseñanzas de la ley natural y del mismo Cristo. Por eso salió al frente a defender la institución del matrimonio, de la familia. Salió al frente a defender la vida y los principios éticos. Eran dimensiones vitales, y así lo concebía él para el desarrollo de la sociedad.
Por eso, en tantas ocasiones que tuve la oportunidad de estar con él, y que lo llamaba como si fuera mi padre, y él me trataba de hijo, era una amistad íntima como con tantos de ustedes. Yo le exponía temas de mi trabajo como Arzobispo de Lima, consejos de madurez, de prudencia; y con tanta sencillez me decía: voy a tu casa inmediatamente. Yo le decía: déjame visitarte y el me respondía: no, cuando llama el Pastor hay que acudir. Teníamos esos diálogos sabrosos, lleno de sentido sobrenatural, lleno de esa picardía que siempre adornó su actuación, y por eso experimentaba yo y experimentamos todos, la grandeza de ánimo de un hombre recto. Siempre dispuesto a dar una mano, a escuchar, a dar un consejo. Siempre con un gran respeto a las instituciones y a las personas.
Hoy al recordar a nuestro querido amigo, a nuestro querido Lucho, le pido que nos ayude a despertar en nuestros corazones esa magnanimidad, ese ánimo grande, esa riqueza espiritual que latió siempre en su palabra y en sus obras.
Afirmaba su fe, afirmaba su peruanidad y afirmaba ese gran respeto a la democracia y a sus instituciones, sembrando esperanza en la juventud, formando a tantos jóvenes, a tanta gente para que participara en la vida política del país.
Lo recuerdo con una sonrisa abierta, con una palabra acogedora, en esos diálogos de fina ironía, muy criollo. Queda en nuestra historia un maestro, un ejemplo de fe, un ejemplo de bondad, de cómo se puede hacer política y trabajar con esa nobleza en el alma, con esa rectitud tan necesarios hoy para recuperar la dignidad y la riqueza de nuestro país.
Era un hombre apasionado, desde pequeño un buen estudiante en su niñez, juventud, en la universidad y durante toda la vida. Su vida no fue fácil, le tocaron momentos difíciles en la vida del país, y estuvo siempre a la altura. Dejó de lado pequeñeces, discusiones egoístas. Nunca escucharías de él un insulto, una palabra que hiere. Sabía unir, comprender y sabía enfrentar. No era una persona que se entregase a cualquier principio, defendía la verdad, la rectitud y esa paternidad que viene de Dios. Dios es nuestro Padre. Ese es el gran secreto, que Lucho desde muy chico concibió a Dios como su padre y por eso no tuvo miedo, no tuvo inquietudes, era un hombre sereno simpático amable, porque Dios era su padre.
Nos enseñaste Lucho, con sencillez, conociendo la fragilidad del ser humano, a dejar huella, mostrándonos que una persona que vive su fe es una persona que ilumina, que enseña, que contagia esperanza.
Recordemos hoy con tanto cariño a este amigo, a este ciudadano, a este familiar, que supo vivir con pasión el presente, que reconocía el pasado como un origen y que veía el futuro con confianza.
En estos tiempos, en esta pandemia, en estas dificultades que estamos viviendo, limitados en nuestra acción; miremos el ejemplo de este hombre sencillo, valiente que por amor a su patria y por amor a Dios, a las puertas del bicentenario nos deja una tarea: hay que amar al Perú y dejar de lado las pequeñeces. Hay que poner a Dios en el centro de nuestras vidas. Agradeciéndole cuantas cosas buenas. Que sepamos mirar a ese Cristo en la cruz, para pedirle: dame esa fuerza que necesito para cada día portarme como un buen hijo tuyo. Unas palabras finales para recordar a Laura, su querida esposa, a la que adoraba y a la que cuidó con tanta ternura. A sus hijos que lo adelantaron en este viaje a la eternidad.
Lucho, descansa en paz, el Perú te agradece y estamos orgullosos de esa tarea que como hombre bueno, fiel a tus principios has dejado en el Perú.
Que Dios te bendiga.