Luis Garcia Miró Elguera

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EL MUNDO AL REVÉS

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Corrupción y elecciones: México y Perú

Según el índice de Corrupción de Transparencia Internacional, el país menos viciado por este cáncer social es Nueva Zelanda. Ocupa el primer puesto del ranking; en el lugar 26 está Chile; en el 96 Perú. Un artículo aparecido en El País, firmado por Ricardo Della Coletta sobre el karma de la corrupción en México, arranca así: “Un sistema nacional anticorrupción que se enfrenta a un sinnúmero de barreras para implantarse. Una Procuraduría (Fiscalía) General de la República sin la autonomía necesaria para investigar los grandes casos de corrupción. Y las leyes pensadas para combatir el desvío de dinero público que no logran aplicarse, son algunas de las razones por las que México es percibido como una nación muy corrupta.” Claramente este encabezado podría referirse al Perú. Conlleva idénticos problemas. Vale decir que calificamos como “una nación muy corrompida”. Grave sambenito que debería obligarnos a demandar que las cosas cambien en el país. No al ritmo que nos ofrecen los políticos –promesas mendaces y únicamente para salir del paso– sino apelando a una urgente reestructuración del Estado como manda la conciencia de una sociedad hastiada, enfurecida por la obscenidad de la podredumbre que la hunde.

Venimos repitiéndolo de manera cansina. El pueblo peruano está a punto de explotar, irritado por la complicidad de sus autoridades con el ejército de corruptos que cada día fanfarronea más de su capacidad para neutralizar a los representantes del Estado, en quienes hasta hace poco confiaba la sociedad para que la defiendan de este latrocinio descarado. Hoy la gente ha dejado de confiar en los gobernantes, tras comprobar que muchos de ellos son tan o incluso más corruptos que sus corruptores. Lo sucedido en  México en las últimas elecciones es un destello frente a la tormenta política que se nos avecina el 2021. O tal vez antes. El socialista-populista Andrés Manuel López Obrador ha resultado electo presidente de México. Su promesa durante la campaña consistió en “gobernar por el bien de todos; primero los pobres” y en ofrecer la gran transformación del país. Cambios tanto cosméticos como radicales. Dentro de los primeros está el compromiso de no vivir en la residencia presidencial –la convertirá en centro cultural popular–, cobrar la mitad de sueldo que su predecesor, vender el avión presidencial y suprimir el cargo de primera dama. Sin embargo parte medular de su compromiso ha sido bregar contra la corrupción y la impunidad. “Sobre aviso no hay engaño. Quien sea será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, a funcionarios, a los amigos y a los familiares” ha reiterado durante su campaña electoral. Precisamente lo mismo que los peruanos quieren escuchar.

Aunque la guerra contra corrupción será el emblema de los postulantes a presidente el 2021, el régimen Vizcarra está obligado a combatirla desde ahora. Su inacción podría conducirlo por el mismísimo camino de la vacancia que transitó PPK. Porque si bien Vizcarra no fue primer ministro, cabeza del MEF, o jefe de Proinversión durante el gobierno del corrupto Toledo, fue elegido en la plancha de PPK. Cuidado.





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