Luis Garcia Miró Elguera

Luis Garcia Miró Elguera

EL MUNDO AL REVÉS

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Ha fracasado la transparencia

  • Fecha Jueves 12 de Septiembre del 2019
  • Fecha 3:20 am

Después del tsunami que acabó con el régimen de Alberto Fujimori -desatado tras el movimiento telúrico que generaron en el Perú unas ONG financiadas desde el exterior- se suponía que finalmente en este país se institucionalizaría la transparencia como eje de acción para todos los sectores relacionados a la vida pública nacional. El Estado hizo un guiño a través de portales de transparencia impuestos por ley. Igual ocurrió con el sector privado vía, por ejemplo, la divulgación obligatoria de todos los hechos de importancia empresariales en la BVL y/o mediante los propios Registros Públicos que administra la Sunarp.

Lo mismo sucedió en el ámbito político, donde los partidos fueron conminados a revelarle en detalle al JNE todo su movimiento económico así como organizacional. Igualmente ocurrió con las autoridades políticas elegidas, pues estas debieron hacer pública su biografía completa mediante declaraciones juradas. Los ejemplos sobran en cuanto a propuestas para que no se repitiera la corruptela que vivimos durante la gestión Fujimori-Montesinos de los noventa. Se hizo transversal hacer de conocimiento público todo lo que sugerían los gurús de la translucidez. Léase lo que inducían unas ONG financiadas y dirigidas desde ultramar dizque para erradicar la corrupción que transpiró esta nación en tiempos de fujimontesinato.

Antes de estudiar las consecuencias que tuvo esta fiebre de pureza y limpidez bajo la fórmula de someterlo todo al fascinante vocablo “transparencia”, recordemos que las ONG -aquellas diosas de la diafanidad, la honestidad, el correctismo político, que decidieron imponernos la moda de translucirlo todo- pues simplemente nunca han transparentado sus actividades. Para empezar, jamás han revelado sus fuentes de financiación; el objeto de éstas; los montos de cada una de las “donaciones” que reciben de afuera, absolutamente todas exoneradas de impuestos; el destino específico de los egresos de tales dádivas; sus egresos administrativos corrientes especificando nombre y apellido de los amos de la organización; la planilla de trabajadores estables; los colaboradores contratados, etc. Nada de nada. Para el Estado peruano –y para la sociedad entera, amable lector- las ONG sencillamente no existen como actividad sujeta a control alguno. ¿Qué clase de jerarquía se autoasignan estos entes para librarse del control estatal que obliga a todos los ciudadanos? Pues el solo hecho que constituyen una mafia extorsionadora que arremete contra cualquier títere con cabeza que se atreva a cuestionarlas. Y claro, el Estado peruano agacha la cabeza porque sus gobernantes se mueren de miedo ante la posibilidad de convertirse en blanco del chantaje de las ONG.

Pero evaluemos el verdadero resultado de esa hipotética asepcia público-privada que debió crear la ansiada transparencia. La corruptela de una década de fujimontesinismo acabó siendo ridícula frente a la magnitud del tráfico de sobornos desatados por la podredumbre constructora a partir del año 2000. Mientras tanto, algunos gonfaloneros de la transparencia -como Gustavo Gorriti y Diego García Sayán- utilizaban al corrupto Toledo para atornillarse –hasta ahora- al poder. Entonces, ¿cuál ha sido el resultado? Que durante la supremacía de los transparentes se ha consolidado la mayor bacanal de corrupción que registra nuestra historia.





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