Luis Garcia Miró Elguera

Luis Garcia Miró Elguera

EL MUNDO AL REVÉS

Acerca de Luis Garcia Miró Elguera:





Recordando a Alan García

A poco más de un mes de la muerte de Alan García -con la serenidad que engendra la perspectiva de recordar al estadista que sufrió a su manera la tragedia de ser peruano- es necesario no torcer las cosas a la sombra de las pasiones y los odios que a diario se acrecientan –y avinagran- en esta desconcertada sociedad incapaz de hallar su rumbo; de conciliar posiciones; y sobre todo, de establecer criterios que unan a los ciudadanos, en lugar de polarizarlos al extremo de este vértigo de odio que viene consumiéndonos cada momento con mayor desesperanza.

Alan García fue, ante todo, un hombre público. Sin cuestionamiento, un político innato que se entregó con inusitada, intensa y ejemplar vehemencia a todos los peruanos. Como ocurre en aquellas naciones que generan grandes figuras dotadas del innato sentido de liderazgo. Un activo cada vez más escaso en este mundillo de mediocres figuras –lo hemos comprobado desde que aterrizaron en nuestra pequeña política mamarrachentos personajes como Humala, Kuczynski o Vizcarra- que no solo son incapaces de generar pasiones sino que, desafortunadamente, lo único que producen es recelo, desconfianza, encono, rechazo y, finalmente, la quiebra del tejido social, como consecuencia del claro rechazo de la población. En 18 años estos tres improvisados, medianísimos ocupantes de Palacio de Gobierno han demostrado lo grave que resultó para nuestro entristecido país votar por gente incapaz de dirigir los destinos de 30 millones de peruanos. De ser una nación en imparable crecimiento durante el lustro del segundo régimen de Alan García -crecimos en promedio siete por ciento anual- pasamos a menos de tres por ciento durante los regímenes Toledo, Humala y Kuczynski. Y desgraciadamente, peor ocurre con Vizcarra. Pero el asunto no solo estriba en la falta de progreso económico –algo que sin duda constituye el principalísimo aliciente para morigerar las diferencias entre los que tienen algo y aquellos que no tienen con qué sobrevivir- sino que la diferencia entre contar con un estadista que maneje las riendas del país y tener a algún imprudente o a un improvisado administrando la nación ocasiona un profundo resquebrajamiento emocional entre la sociedad. Hecho que por lo general desemboca lamentablemente en la llegada al poder del totalitarismo populista.

Como acertadamente ha escrito días atrás Hugo Neira, destacado sociólogo, historiador y periodista, “tarde o temprano se darán cuenta los peruanos que (la muerte de Alan García) fue una inmolación. Y si en el Perú hubiese hombres capaces de respeto por la dignidad personal, al punto de negarse a que los saquen de su casa con las marrocas en las manos, entonces seríamos una Esparta andina. Y no el país amorfo de estos días”.

Alan García ha dejado una lección muy poco común entre nuestra ralea politiquera: el reconocimiento del error. Y más aún, tener capacidad para remendarlo. Su desastrosa primera gestión fue largamente superada por su exitoso segundo gobierno. Pero asimismo nos dejó una lección de valentía. Porque por más ilegal y sacrílego que pueda considerare al suicidio, ejecutarlo demanda sin duda una inmensa dosis de valor.





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