Luis Garcia Miró Elguera

Luis Garcia Miró Elguera

EL MUNDO AL REVÉS

Acerca de Luis Garcia Miró Elguera:





Silencio administrativo versus tramitomanía

El tiempo vuela. Cada vez más raudo. Ya ha pasado medio año del 2018 y tres meses desde que el presidente Martín Vizcarra se hizo cargo del país. Todo corre. Menos el Estado, que permanece anquilosado, anclado al pasado y enervando a la ciudadanía. Van y vienen los gobernantes y las cosas siguen exactamente igual. Es decir todo mal. Y lo más grave, sin visos de mejorar. Pero, ¿qué es lo que pasa?, se pregunta la gente, crispada, indignada con esta democracia de papel que no la siente ni menos disfruta el pueblo. ¿Qué nos ocurre? Es la pregunta generalizada. Y la respuesta es una sola. La incapacidad de los gobiernos que han administrado esta nación desde que empezó el siglo XXI. Personas que han gobernado sin comprender que el Estado peruano es el enemigo de la población. Claro que no puede enrostrársele aquella culpa en abstracto al Estado. El yerro es, concretamente, de nuestros políticos. Improvisados personajes que han sido incapaces de desenredar la madeja creada por ellos mismos. Por esas malas leyes que han creado, así como por las leyes que no supieron (o no quisieron) promulgar por las razones que fuere. La principal de ellas, por su total incompetencia.

El meollo del problema estriba en que durante las últimas dos décadas los gobiernos han convertido al Estado en un ente inoperante, gracias al régimen extremadamente reglamentario que le han impreso. De un lado, motivado por la supina medianía de la mayoría de las autoridades electas que llegaron al poder sin siquiera saber leer ni escribir en materia de go-ber-nar una nación de 31 millones de almas. Y, de otra parte, por la voracidad crematística de la mayoría de tantas personas erradamente electas por la ciudadanía. ¿Resultado? El gobernante se encuentra atado de manos para dirigir la nación. Porque la burocracia –agazapada detrás de una maraña de normas impracticables que paralizan al Estado– se ha convertido en un freno para este país. Nada se mueve sin su consentimiento. El Legislativo y el Ejecutivo están pintados en la pared. Imparten una orden y queda ahí nomás, rebotando entre las paredes de esas infinitas dependencias públicas que se han creado, hasta acabar perdiéndose en el espacio tiempo. En pocas palabras, la tramitomanía –convertida en arma nuclear para consolidar a los burócratas– ha reemplazado a leyes, decretos y, en general, a todas las resoluciones impartidas por quienes el pueblo eligió para go-ber-nar.

Aunque parezca un disparate el país andaría muchísimo mejor si tanto Ejecutivo como Legislativo legislasen para implantar el silencio administrativo generalizado, obligando a la burocracia a tramitar los millones de solicitudes diarias que recibe –de permisos para ejecutar una obra privada, pasando por la apertura de negocios o lo que fuere, incluyendo los emprendimientos que realice el propio Estado sujetos a autorización de las reparticiones públicas– otorgándole un plazo no mayor de quince días para que el funcionario responsable resuelva debidamente; caso contrario la solicitud quedará aprobada. Esta medida de emergencia debería regir al menos durante seis meses. El Perú mejoraría ipso facto.





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