Luis Garcia Miró Elguera

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EL MUNDO AL REVÉS

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¿Votar en blanco en octubre?

Culpar a los partidos políticos de la degeneración que viene sufriendo este país es un disparate. Para empezar, los puso al borde del exterminio el ataque que soportaron estos organismos durante los doce años de dictadura socialista militar (1968-1980). La aparición de sinamos –aquel “partido único” ideado entonces por la izquierda peruana para glorificar al socialismo al estilo de Cuba- fue una puñalada artera que desde ese momento dejó tullidos a los partidos políticos que sostenían nuestra base democrática.

Con las elecciones de 1980 vimos un ligero restablecimiento de estos sectores. Pero los serios trastornos que les había provocado el velascato dejaron huellas demasiado hondas como para devolverlos a la normalidad. También los afectó aquella actitud medrosa de un Fernando Belaúnde -en su segunda gestión- que evitaba incordiar a los militares que aceptaron el retorno de la democracia, aunque evidentemente condicionado a que su gobierno dejase intacta la “transformación estructural” impuesta por la revolución velasquista.

Por último Belaúnde heredó el embrión del terrorismo incubado en aquellos doce años de militarismo socialista. El resultado del régimen Belaúnde II fue entonces partidariamente decepcionante. Vino el primer gobierno de Alan García. Y con ello, un segundo debut del socialismo. Esa vez direccionado por demócratas afiebrados que llegaron al poder mediante elecciones democráticas. El resultado, como suele ocurrirle a las gestiones socialistas regionales, fue catastrófico.

En consecuencia, la suma de esos tres efectos: el “partido único” sinamos; el recelo de Belaúnde a los militares que lo llevó a consolidar las “transformaciones estructurales” del socialismo militar; y el fiasco del expectante gobierno de García I que condujo al Perú a la quiebra económica, al igual que el caos social -por los estragos que generó un terrorismo en pleno apogeo-, acabaron hundiendo más a los partidos políticos.

Surgió entonces la moda del “outsider”. Ricardo Belmont fue el primero en aparecer en las lides municipales. Luego Alberto Fujimori a nivel nacional. Si bien Fujimori salvó al Perú del crac económico y acabó con el terrorismo –méritos indudables- profundizó sin embargo la crisis de los partidos políticos con sus prácticas de acoso, persecución y condena a muchos de sus dirigentes. Aquello dio lugar a un terrible desprestigio de la actividad política.

Y, como resultado, el alejamiento de las mejores mentes peruanas de participar en esta trascendental función para el avance del sistema democrático. En esas estamos. Los partidos son un espectro de lo que fueron hasta antes del fatídico golpe cívico-militar socialista. Y la presencia de tanto indeseable en la arena pública se deriva precisamente de esta coyuntura. Los riesgos de desprestigio moral son cada vez mayores. Ahora solamente la escoria se atreve a participar en política. Peor aún, considerando que el avance del crimen –especialmente el narcotráfico y su sucedáneo la corrupción- arremete simultáneamente.

Estamos nuevamente ad portas de una elección. Esta vez, municipales y regionales. Sin duda los candidatos son iguales o peores que quienes han venido ejerciendo la política en estos últimos años. ¿Qué hacer? ¿Acaso votar en blanco manifestando el malestar ciudadano? Sería una contundente señal de indignación.

 





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