Luis Miguel Cangalaya

Acerca de Luis Miguel Cangalaya:



Carretera a Quives

Debimos ir un par de veces en toda esa adolescencia convulsionada. Dos, o quizá tres, no lo recuerdo bien. Lo único seguro, casi veinte años después, es el aire que golpeaba nuestro rostro mientras sacábamos casi medio cuerpo por la ventana y mirábamos las casas que iban apareciendo en los cerros luego de cada curva. La historia no nos había mentido; los primeros libros de sociología que leí en esos años tampoco: Lima era más que un desborde popular, era ese latido detrás de cada pelota que cruzaba el carro, era la mirada de un niño para vendernos fruta o simplemente un cartel que colgaba enmohecido en una puerta al borde de la carretera.

Lima se había extendido hacia el norte más de lo que nos contaron los libros. Ese desborde era enorme, pero no los hacía naufragar; tendía puentes y hacía que sus habitantes vuelen, que se eleven y nos puedan ver desde lo alto. Así íbamos mirando los cerros que nos abrían los brazos mientras nosotros, sorprendidos, extendíamos nuestros cuerpos por la ventana para sentirnos como ellos, como los que asomaban por sus ventanas mientras nos veían pasar. Entonces respirábamos hasta ensanchar los pulmones y reconocíamos en ese aire el espacio que también era nuestro.

No recuerdo si fueron dos o tres veces, pero ese fue el recorrido que tuvimos la última vez que visitamos Santa Rosa de Quives. La carta que escribí y lancé al pozo pedía que Lima no dejara de crecer, pero que no colapsara como ese pequeño santuario abarrotado de gente.

No importaba entonces el destino, sino lo que descubrimos en él, en esa multitud que crecía ignorada en la periferia. Nosotros, finalmente, éramos parte de ellos, éramos ellos mismos, ignorados también, pero conscientes de que formábamos una isla que se extendía más allá de los prejuicios.



ico-columnistas-1-2018

Más artículos relacionados





Top
Martín Vizcarra en caída libre

Martín Vizcarra en caída libre