Luis Miguel Cangalaya

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Cielo gris

El cielo gris de Lima siempre nos devuelve la mirada, nos atrapa y permite encontrarnos con nosotros mismos. Nos hace cómplices. Uno mira hacia el cielo limeño y de pronto siente que este le contesta con esos mismos ojos opacos, como si sus pupilas fueran las nuestras. Entonces nos damos cuenta de que la vida no es siempre bella, como diría Benigni, sino que tiene sus bemoles, y esa es precisamente la necesidad de lo existencia de lo gris.

El escritor Héctor Velarde, quien además era arquitecto, dijo alguna vez que Lima tiene un cielo color panza de burro. La frase quedó en el colectivo social; sin embargo, el cielo limeño es mucho más que eso. No se agota solo en la designación de un color, sino que va más allá de una cuestión cultural y hasta de nuestra propia idiosincrasia. El gris es necesario porque nos permite ver la realidad, esa que a veces evadimos o que queremos disfrazar con tonos festivos que son efímeros o que simplemente no existieron. El gris es parte de nuestro sentimentalismo, de nuestra angustia y también de nuestra apertura para poder encontrar, al menos, de momento, otras formas de entender la vida.

Por todo ello, el cielo gris de Lima es una necesidad. Nos permite reflejarnos en él y asentar un respiro, una sensación de calma. Y es que la condición humana se ha pervertido asignándole colores a la vida, cuando lo gris o lo blanco y negro también es una forma de vivir, incluso más intensa, porque esa necesidad genera otras oportunidades.  Por eso el cielo limeño es perfecto, porque es una proyección de nosotros mismos y porque, finalmente, todos en algún momento de nuestra vida también fuimos grises –o lo somos aún–, unos más que otros, pero grises, al fin y al cabo.



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