Luis Miguel Cangalaya

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Con ojos de Grau

La historia cuando nos es adversa, a veces, no se repite. En realidad, no debería repetirse. Nunca deberíamos permitir que el círculo gire para volver a vivir la misma historia que nos hiere o que no nos permite respirar.

Por ello, la rivalidad histórica entre naciones nos afecta, porque no miramos el presente, porque nos entregamos al recuerdo y nos sumergimos en el pasado, ese que nos duele, claro, pero que no tendría que revivir cada vez que miramos hacia el sur. Si Grau viviera no giraría la ruleta para hacer que muchas vidas se pierdan en el mar.

Aquel legado que nos dejó fue, precisamente, la búsqueda del otro –de los otros–, incluso en la adversidad, incluso más allá de la rivalidad. El fútbol es un pretexto sutil para revivir la lucha, pero no con los ojos que miraría Grau, sino con un ímpetu vehemente que nos enceguece y nos hunde en la revancha.

Si miráramos con ojos de Grau celebraríamos la victoria, esa que nos emociona hasta las lágrimas, pero no con rencor ni con ese sentimiento coagulado por años frente al país del sur. Grau no supo de fútbol, es cierto, pero si miráramos a través de sus ojos, entenderíamos que el fútbol no es una guerra, es un espectáculo al que asistimos, con el que lloramos o reímos, con el que podemos vivir más allá de gloria.

Esta vez celebramos una merecida victoria, pero tomemos las cosas con calma para no caer en el chauvinismo. Perú y Chile son rivales históricos, pero la Guerra del Pacífico hace muchos años que ya terminó. Si no entendemos eso, aún no estamos preparados para disfrutar del fútbol, de la vida en noventa minutos, de la sensación de abrigar esperanzas que nos permita, incluso ahora, más que nunca, soñar y no querer despertar jamás.



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