Luis Miguel Cangalaya

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Cuando pagábamos por leer

En los años 90, los del turno mañana salíamos del colegio a la una en punto. Los colegios estatales no tenían extensiones de clases ni eso que hoy le llaman asesoría preuniversitaria: teníamos otra forma de prepararnos. Salíamos a empujones, y si no era viernes -día obligado para el deporte-, acelerábamos el paso hacia el puesto de periódico más cercano para leer historietas. Todas las tardes, al salir, comprábamos algo al paso y caminábamos conversando sobre lo que habíamos hecho ese día. Sí, en esa época sabíamos conversar. Nadie tenía celular y a nadie le interesaba otra cosa que no sea pertenecer al grupo de amigos porque conversaba, porque ponía chapas o, simplemente, porque podía contar lo que había leído o lo que había visto en televisión. Sí, en esa época la televisión no era la de ahora. Al menos, no tanto.

En esos años, los puestos de periódico se habían convertido en un lugar de conflicto. Siempre se oían discusiones de adultos que se enfrentaban a una prensa que se coloreaba de amarillo y, al lado, un triplay gigantesco que se elevaba sobre dos maderos. De ahí colgaban historietas de todos los personajes que habíamos visto por televisión o escuchado por la radio. Y al lado, sobre una mesa enorme, un sinfín de libros viejos sobre todos los temas que podríamos imaginar. Siempre nos deteníamos ahí. Ese era nuestro espacio, el único lugar (aparte de las máquinas de pinball) que verdaderamente nos pertenecía. Con un sol podíamos leer lo que queríamos sentados sobre la vereda sin importar el bullicio de los carros. Ahí estábamos, felices, invirtiendo nuestra propina semanal. Con un sol éramos millonarios y, en esos años, ser millonario era tener dinero para ir a las máquinas o, mejor aún, para pagar por leer en cualquier puesto de periódico. Eso nos hacía felices.



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