Luis Miguel Cangalaya

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En Finlandia, no

En Finlandia tienen otras cosas en qué preocuparse. La educación no es una pesadilla que ametralle sus sueños y los dejen inconscientes. En Finlandia, no. Ahí la educación es algo por lo cual pueden estar orgullosos. Sí, la educación, su educación, esa que nos cuesta tanto superar y entender que ella es la única que puede luchar cuerpo a cuerpo contra los peores males que nos aquejan.

Esa, la educación que nos han dicho que nos permitirá alcanzar un progreso que aún no llega, pero que confiamos en que vendrá.

En Finlandia no tienen que preocuparse por averiguar qué colegio es mejor: todos lo son, desde el que se encuentra al centro de la ciudad hasta los de la periferia e incluso más allá. No hay una exigencia en la matrícula, pues está prohibido cobrar este y otro tipo de conceptos que limiten la educación. Por ello, todos los colegios terminan siendo buenos y mejores, con una calidad no solo en la infraestructura, sino y, sobre todo, en la calidad de la educación que reciben los estudiantes. Así, los maestros pueden trabajar en cualquiera de esos colegios, pues todos están en el mismo nivel de calidad. Impresionante, ¿no?

En Finlandia –y esto es fundamental– no existe un menosprecio al profesor. Están convencidos de que la labor docente termina siendo vital para el desarrollo de las demás carreras profesionales.

Algo tan simple, pero tan importante a la vez. Entonces su trabajo es empoderado, deja huella, se convierte en la base que construye la vida, que encamina el destino de esos futuros médicos, ingenieros, abogados, en fin, de todos aquellos que reorientarán también el futuro del país. Si al menos entendiéramos un poco de ello, habríamos cambiado tantas cosas. En el Perú nuestros gobernantes han descuidado descaradamente esto tan vital; en Finlandia, no.



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