Luis Miguel Cangalaya

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Esa ilusión llamada edad

La edad es una ilusión que nos hicieron creer para ser dependientes del tiempo. Los niños nos miran como viejos. Alguna vez nosotros también tuvimos esa mirada, hasta que nos damos cuenta que el tiempo no se detiene, que ya no somos jóvenes, que hemos sido alcanzados por él para ajustarnos a su medida. Benedetti lo retrata muy bien en un poema titulado “Cuando éramos niños”. Así, escribe el poeta uruguayo: “Cuando éramos niños/los viejos tenían como treinta/un charco era un océano/la muerte lisa y llana/no existía”. La muerte se hace lejana, incluso parece no existir. Sin embargo, después comenzamos a tomar conciencia sobre ella. Más adelante, agrega: “luego cuando muchachos/los viejos eran gente de cuarenta/un estanque era un océano/la muerte solamente/una palabra”. Esa es la sensación de circularidad. Esa es la transición generacional por la que tenemos que vernos sometidos.

Benedetti aclara que “ya cuando nos casamos/los ancianos estaban en los cincuenta/un lago era un océano/la muerte era la muerte/de los otros”. No cabe duda que en el transcurrir del tiempo intentamos detenerlo, sobre todo cuando la vemos en otros y tenemos ese acercamiento con ella. Lo ajeno nos otorga una tranquilidad ficticia. Finalmente, el poeta afirma que “ahora veteranos/ya le dimos alcance a la verdad/el océano es por fin el océano/pero la muerte empieza a ser/la nuestra”. Y a partir de ello es que recién podemos tomar conciencia de esa gran ilusión que es la edad. Ella solo nos acerca a la fatalidad, a la muerte. Por ello, vivimos para estar preparados, pero en medio de esa aparente pertenencia de la vida, la perdemos. La edad siempre nos gana, es inevitable. Por eso, no nos sintamos viejos sino, como afirmaba Benedetti, actualicemos esa sensación de libertad y perpetuidad de la vida de cuando éramos niños, si bien ilusos, pero felices.



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