Luis Miguel Cangalaya

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Hipopotomonstrosesquipedaliofobia

Cuando era pequeño, las palabras no eran mis amigas. Peleaba con ellas, me hacían sufrir y casi con frecuencia hasta se burlaban de mí por no poder pronunciarlas. Las odié a todas: consonantes, vocales y a ambas juntas con mayor razón en ese inicio escolar. Los primeros años en el jardín fueron los de mayor éxito para un niño que aprendía a colorear sin salirse de los recuadros o, simplemente, saber distinguir entre derecha e izquierda o entre figuras geométricas. El problema llegó después. Aprender a leer no fue difícil, al menos no tanto como aprender a pronunciarlas. La vocalización es difícil en sí misma y peor más aún para quienes se traban al enfrentarse a palabras complejas. En mi caso, ocurría incluso con las simples.

La profesora de primer grado hizo de mi experiencia lectora un infierno. Entonces no se sabía sobre el bullying, pero ella ya lo había instaurado con nosotros. Me señalaba con el índice para acercarme a su escritorio y me pedía leer en voz alta las palabras más difíciles frente a los demás, y por cada error cometido recibía un reglazo mientras se burlaba de mi torpeza. Mi espalda se acostumbró a eso, pero mi dignidad no. Alguna vez le contó a mi madre que no sabía leer y que ni siquiera me esforzaba, que era flojo, que cómo era posible que no me gustara leer, que así jamás podría estudiar ninguna carrera en la universidad.

Nunca le conté a mamá el problema que me hizo llorar encerrado en el baño, nunca le dije que tenía miedo de enfrentarme a palabras grandes, enormes, aplastantes. Nunca le conté, para no asustarla, cómo me ponía a temblar mientras sudaba frío. Tampoco le conté cómo superé la hipopotomonstrosesquipedaliofobia, a diferencia de otros tantos a quienes se les acusaba injustamente de no saber leer.

 



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