Luis Miguel Cangalaya

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La casa de Martín Adán

“Mi primer amor tenía doce años y las uñas negras. Mi alma rusa de entonces, en aquel pueblecito de once mil almas y cura publicista, amparó la soledad de la muchacha más fea con un amor grave, social, sombrío, que era como una penumbra de sesión de congreso internacional obrero”. Ese debe ser uno de los fragmentos que mejor se asocia a Martín Adán: Barranco, el mar, la adolescencia, los recuerdos.

La casa de cartón, considerada como una novela de aprendizaje, fue escrita con estilo vanguardista. El lenguaje poético que recorre todo el texto convierte la narración en una serie de estampas: 39 secuencias que van tomando forma a lo largo de la historia. El mismo autor confesaría que, en principio, no imaginó escribir una novela, sino que fue un ejercicio escolar de gramática que le encargaron en el curso de castellano. Entonces tenía 16 años y no se imaginaría que años más tarde lograría publicaciones parciales en la famosa revista Amauta, entre los años 1927 y 1928. El mismo José Carlos Mariátegui, quien leyó el manuscrito, quedó impresionado y lo animó a publicarlo.

La primera edición completa (1928) de La casa de cartón generó un gran interés en la sociedad limeña y en la crítica literaria de entonces. No era para menos. Luis Alberto Sánchez había escrito el prólogo y José Carlos Mariátegui, el colofón, donde afirmaba que “tiene las condiciones esenciales de un clásico”. Martín Adán apenas tenía 20 años y un futuro prometedor. Para muchos, era extraño, loco; para otros, un genio. Lo cierto es que años después Martín Adán se internó voluntariamente en el Hospital Larco Herrera, pues afirmaba que los locos no eran los que estaban internados, sino quienes deambulaban libres por las calles. Así, el hospital se convirtió en el espacio de encuentro consigo mismo: su casa de cartón.

 



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