Luis Miguel Cangalaya

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La soledad de Kafka

Las personas que sufren de soledad solo anhelan un espacio para vivir. Un espacio libre, por cierto, un lugar donde encontrar en sus vidas las razones suficientes para seguir en este mundo que muchas veces creen lejano y distante. La desidia, la angustia y la opresión hacia uno mismo solo son una muestra de lo que representan sus vidas. Y eso, después de todo, es un escape, una salida al dolor.

Franz Kafka fue uno de ellos. Escribió en un estilo tan particular que le permitió hurgar en los rincones más internos de la existencia humana y, claro, en la suya también. Carta al padre, escrita en 1919, es la narración que más me impactó. Se trata de una carta dirigida a su padre Hermann, un comerciante judío de Praga, donde hace una crítica por su conducta contra él. Lo reprocha por los abusos, por la indiferencia, simplemente, por no haber sido un padre. Lo curioso es que la carta no fue ficción, sino real, y el autor pensó hacérsela llegar por medio de su madre, hecho que nunca se concretó. En su versión original consta de 103 páginas y puede evidenciarse el estado emocional de Kafka, su soledad, su angustia por encontrar un sentido a su vida familiar y a su relación con Hermann Kafka.
Kafka fue un genio y su literatura así lo demuestra. Su vida diaria, las relaciones sociales y personales le sirvieron para poder expresar la deshumanización del mundo. Trabajó durante años para una compañía de seguros en Praga, donde pudo darse cuenta de lo inútil de la vida burocrática y automatizada que degradaba la condición humana. Quizá por eso era un hombre solitario y depresivo y, además, angustiado por no sentirse reconocido por su escritura. En esto último, el tiempo le daría la contra, felizmente.



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