Luis Miguel Cangalaya

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Maestro antes que doctor

Entre abogados y médicos existe una extraña costumbre de llamarse doctor, aunque no lo sean. Es una muestra de respeto, dicen, y así se ha generalizado un código que permite nuevas relaciones que confunden a la semántica. El entorno de estas profesiones ha entendido esta nueva forma de comunicación, donde, incluso, el respeto manifestado con un diminutivo, se entiende como una forma de aprecio. Sin embargo, en una escala de valoración, los diminutivos siempre pierden, de la misma forma que perdieron con expresiones como “negrito” o “cholito” para disfrazar bajo la envoltura del aprecio, la distancia que se toma frente a alguien. Así, llamar a alguien “doctorcito” no solo muestra genuflexión, sino, además, puede representar una idea contrapuesta que recorre la frontera entre el respeto y la ironía.

Hace siglos, el significado de “doctor” se relacionaba con el de “maestro”. Cuestión paradójica hoy, muchos años después, donde la labor docente es una de las más golpeadas por la sociedad. Sin embargo, muchos de esos profesores, sin ser abogados o médicos, son exigidos a obtener grados y llegar a doctorados. Solo son cuestiones nominales, sin duda, pero se ha convertido en una necesidad. En la universidad conocí a algunos docentes que, sin ser doctores, merecían tal mención por su calidad de personal y profesional. Jamás nadie empleó con ellos un diminutivo ni mucho menos un aumentativo que tergiversara el significado.

Para nosotros eran los verdaderos doctores y yo quería que algún día, en el futuro, pudiera ser como ellos. Los grados llegan, los reconocimientos también, pero son etapas, simplemente. En la mayoría de casos, en esta generosa y esforzada labor educativa, ser llamado doctor no es tan importante como ser llamado profesor, docente o maestro, así, sin grados, sin adornos, a secas, pero con el enorme cariño que pueda existir detrás de esa mágica palabra.



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