Luis Miguel Cangalaya

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No cualquiera es poeta

Existe una enfermedad que se generaliza entre los que publican literatura por primera vez. Así, en genérico, publicar literatura, desde un poema en internet hasta un libro, los vuelve vulnerables para ser atacados sin piedad. La degradación ingresa poco a poco, los huele, los toma como una presa fácil y luego los maneja a su antojo.

El problema es que muchas veces las víctimas de esta enfermedad no son atrapadas por el mal, sino que acuden a él y se entregan servilmente para ser llamados poetas. Autodenominarse poeta es esa enfermedad. Publicar un libro no vuelve poeta nadie y leer versos en eventos, tampoco. Hay que distinguir el límite entre la camaradería y la calidad. Vallejo, por ejemplo, fue poeta –y lo es aún, porque los poetas nunca mueren– y su calidad lo erigió como tal, a pesar de la crítica. Recordemos que Clemente Palma alguna vez ninguneó sus versos.

No imagino a Vallejo autodenominarse poeta en las redes sociales y generando un motín contra Palma por haber deshonrado sus poemas. No lo creo. Uno no va al encuentro de la poesía. Ella viene sola y encuentra el camino de quien lo merezca. Ser poeta es vivir la poesía como la vida misma. Es respirar la poesía y no poder existir sin ella.

Es también leer y estudiar la poesía. Por ejemplo, no se trata de escribir verso libre sin haber estudiado el versolibrismo. Quien no entienda y viva la poesía de ese modo no puede ser llamado poeta; no puede, si quiera, tentar una aproximación a la calificación que honró a Vallejo, Chocano o Eguren. La poesía permite nuevas formas de vivir –y también de morir–, por eso la escriben quienes se han atrevido a hacerlo, porque saben que no hay nada más allá de esa forma de existir.



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