Luis Miguel Cangalaya

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Otra forma de vivir

En el mundo andino la muerte es una forma de vida. La muerte es una parte de ella, es una especie de renacer, en otro tiempo, en otro espacio. No es una tragedia; apenas es el término de una etapa, pero nunca es el final, es la prolongación, es la continuidad. Cuánto nos tranquilizaría saber esto, entenderlo.

Entender, por ejemplo, cómo esas manifestaciones simbólicas permiten tener contacto con nuestros muertos, sentirlos vivos, en una palabra, en un recuerdo, en una imagen, en una canción, porque son sombras y permanecen con nosotros. Luego, la sombra o el espíritu de la persona emprende el viaje con la intención de reencontrarse con sus ancestros. Es una nueva vida. Por eso es necesario ser bien atendido en ese tránsito y por eso los funerales tienen un carácter festivo, con abundantes comidas y bebidas. Es una celebración.

Quienes no pertenecen al mundo andino quizá no entiendan esto. Habría que ingresar en su mundo –ese que no debería sernos ajeno– y entender por qué el acompañamiento fúnebre no tendría que significar una tragedia. Se llora solo porque el ser querido se ausenta del plano terrenal, pero se es consciente que emprende un viaje, siendo este no el último momento de su existencia, sino una estancia en otro espacio, como una especie de trayecto que no significa el final.

Cuánto nos serviría entender que las almas no se van de inmediato, que están a nuestro lado hasta poder alcanzar una especie de consagración plena para pasar a la otra vida. Por eso las recordamos y sabemos que nos siguen, que nos tocan, que podemos sentirlas siempre gracias a la memoria. Cuánto nos serviría entender esto. Nuestros muertos no se han ido, están ahí, a nuestro lado, y solo nos abandonarán cuando los hayamos olvidado.

 



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