Luis Miguel Cangalaya

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Pobre diablo

En una entrevista que César Hildebrandt le hace a Alfredo Bryce Echenique (Caretas, 1972), el escritor de Un mundo para Julius cuenta una anécdota que le sucedió cuando se encontraba en París: “Tenía una amiga en París, a la cual quería mucho, que pertenecía a la gran oligarquía francesa. Era una alumna mía, y me traía en su automóvil desde la universidad. Y un día dio una fiesta y me dijo: No te puedo invitar porque mi familia no te conoce, no sabe quién eres. Entonces yo le dije: Soy Bryce Echenique, desciendo del presidente… Y me dijo: No, acá eres una porquería. Sentí un verdadero placer, de ser yo lo que había sido tanta gente para mi familia en el Perú, cuando yo decía voy a traer a este amigo que he conocido en la calle, y me decían: No lo puedes traer porque no conocemos a su familia. Asumí con profundo placer mi categoría de pobre diablo”. La anécdota nos remite a la fuerza semántica de las palabras. Tiene mucho que ver con la condición social, con eso que llamamos estatus o jerarquía que, finalmente, no hace más que erigirnos en espacios superiores o enviarnos al final de la tabla o a la periferia, donde quedan subordinados incluso nuestros anhelos. La anécdota permite, además, ver cómo es que nos miramos y cómo es que nos miran los demás, desde fuera. Necesitamos formar parte de algo –o de alguien– para no sentirnos desprotegidos. Sin embargo, dentro de toda esa lucha por la pertenencia, queremos también liberarnos. El significado no es más que un pretexto. El anonimato se revela como una alternativa de vida, como una esperanza para disfrutar esa libertad que a veces permanece escondida. Por eso, después de todo, ser un pobre diablo en una sociedad que convulsiona no es tan malo



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